jueves, 19 de mayo de 2016

Desde que sé que no vendrás más nunca

Cuando avanzaba por el campus lluvioso y la levitación de algún copo de nieve, la vio de repente, fue como una hermosa aparición, pelo negro, ojos tristes, las mejillas pálidas, el collar con la pintadera (1) de barro, los vaqueros desteñidos, gastados, el abrigo andino, la bufanda roja y negra al cuello. La miró, se miraron y el mundo de repente se paró, fue como disolverse en la tenue luz de aquella tarde de enero, Madrid se revolvía entre tanquetas de los grises, bombas de humo, carreras de jóvenes barbudos y consignas como balas de luz.

Desde entonces el pobre Andrés Toledo y la hermosa María Pérez, no pudieron evitar buscarse, aquel territorio universitario de combate, muchacho de sonrisa infecunda, futuro médico de familia en la fría Tordesillas, chiquilla de ojos azules, algo así como un proyecto de profesora de filosofía en el Instituto Pérez Galdós de Las Palmas ¿Anarquista? ¿Comunista? Libertarios ambos, ejercían el derecho al libre pensamiento, defensores de una República que no pudieron conocer, solo el terror del fascismo que en la Dirección General de Seguridad torturaba día y noche, allí en la Puerta del Sol, cerca de donde salían algunos sábados por los bares de la zona vieja, donde las prostitutas se mezclaban con aquella marabunta juvenil, el olor a cocido y callos, las flores que estallaban en los balcones aromatizando el bregar de los amores imposibles.

Una de esas noches fueron detenidos, el grupo paramilitar vinculado a Fuerza Nueva tenía informes de su trabajo clandestino, a ella la llevaron a la casa clandestina del comisario Matute y el falangista Garcés donde fue violada y maltratada durante cuatro días.

-Está buena esta puta roja canaria, vas a conocer como follan los patriotas de la nueva España. –Le decía el sargento Barbosa de la Guardia Civil, cuando la encadenaron al banco negro de donde no la soltaron hasta dejarla en estado de coma-

Andrés fue recluido en el sótano de la comisaría de la ciudad de Getafe, allí sufrió durante dos semanas todo tipo de aberraciones, corriente eléctrica en los genitales, pequeñas estacas de madres en las uñas de la manos y los pies, el submarino con la bosa plástica en la cabeza hundida en la bañera de excrementos líquidos.

Cuando se vieron a los cuatro meses en la casa de Flora Garrido, la catedrática de derecho penal, ya no eran los mismos, ella parecía haber perdido el brillo de sus ojos, el tenía un tic nervioso que le atravesaba la cara, una especie de mueca en la boca repleta de cicatrices. Se abrazaron en silencio, María le dijo que se iba para Canarias, a terminar la carrera en la Universidad de La Laguna en Tenerife, Andrés que no sabía qué hacer, que sus padres se habían enterado de todo, que no soportarían más saber que podría haber perdido la vida.

Fue la última noche que se vieron, en el tocadiscos sonaba “Días y Flores” de Silvio Rodríguez, prohibida en España, tomaron ron, bailaron abrazados toda la noche, se prometieron escribirse, volver a encontrarse, pero el tiempo pasó y el tiempo se encargó de separar aquellos restos de amor desesperado, una avalancha de tiempo, tanta sangre alrededor, la remota alborada, dos manos que no quisieron soltarse, el sabor de unos labios, la inolvidable danza invisible del día en que tuvieron que partir.

(1) Nombre dado en Canarias a los sellos elaborados por los indígenas, preferentemente de barro cocido, existiendo algunas realizadas en madera, en su mayoría proceden de yacimientos arqueológicos de la isla de Gran Canaria.

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