sábado, 30 de abril de 2016

La risa petrificada

Ros Mari Morales, dejó al bebé sobre el mullido colchón de paja, el chiquitín sonreía con la pancita llena de leche materna, calentito, inconsciente de todo lo que sucedía. Chusi, el perro ratonero, miraba triste como “la brigada” se iba a llevar a su amada dueña, la abuela Ramona Ascanio no entendía la arbitraria detención. 

Le amarraron las manos a la espalda, mientras Eufemiano Fuentes le rompía el camisón para chuparle las tetas.

Emiliano Bonny y Don Juan, el cura de Telde, pistola al cinto, se carcajeaban del impulso lubrico del empresario tabaquero, José Miguel Bravo de Laguna apuraba la botella de ron de caña y el cigarro de Virginio, en el camión aparcado junto al viejo camino de tierra de Las Meleguinas iban cinco hombre s y dos mujeres, arrodillados con las caras ensangrentadas de los golpes propinados por el grupo de falangistas más jóvenes, casi niños, uniformados de azul y correajes.

Dejen que me lleve a mi niño por favor –dijo la mujer tratando de librarse de las mordidas y lametones del fascista en sus pechos-

En menos de un segundo el teniente Barber le dio un culatazo en la nuca que la derribó al suelo.

- Muy bien oficial, buen golpe, dormidas se folla uno mejor a estas hijas de puta, rojas de mierda,  asquerosas –dijo el jefe requeté Benítez de Lugo, hermano de la marquesa de la ciudad norteña de las piedras de cantería.

La anciana abuela Ramona lloraba, aullaba de terror, el bebé se despertó del placido sueño y miraba con los ojos muy abiertos todo el bullicio, hombres con armas en la mano, golpes, gritos, muebles volando por encima de su cunita de madera.

Se llevaban a Ros Mari, dos guardias la levantaron en volandas, dejando un reguero de sangre que salía de la parte posterior de su cabeza, una raja de más de cinco centímetros por la que brotaba el liquido rojo, de sus pechos desnudos salía leche que se mezclaba con el barro, la hierba y las piedras del camino hacia Las Palmas.

José Juan Samsó golpeó también a la anciana en el cuello con la pistola, la desgraciada mujer se quedó de rodillas en el patio bajo la higuera, no podía hacer nada, imposible evitar que se llevaran para siempre a su nieta, aquella niña especial que desde muy pequeña hablaba de justicia, de respeto por todos los seres, desde que empezó a estudiar en la escuelita de la maestra Juanita Tejera, asesinada semanas antes en el primer pozo del barranco de Guayadeque, arrojada viva por Peter Yeoward y sus compañeros de centuria falangista. El cacique inglés era experto en torturar y violar mujeres hasta la muerte, en este caso prefirió dejarla vivir hasta el último momento de lanzarla al abismo.

Jamás le perdonaría que diera clases sin cobrar a los hijos de los obreros de Aguimes e Ingenio, varios de Temisas, que les hablara de un futuro mundo liberado, de fraternidad, igualdad y solidaridad. Por todo eso y más planificó su sacrificio meses antes del golpe de estado, lo compartió con sus amigos de la oligarquía en las fiestas elitistas de la casa del Conde de la Vega en Tirajana, siempre entre las risas alcoholizadas de lo más sucio y podrido de la llamada “alta sociedad” isleña.

La pobre Ros Mari recuperó la conciencia en el camión, estaba atada de pies y mano, no podía moverse, solo tuvo tiempo de gritar a su abuela que cuidara de Pedrito, que le pidiera leche de cabra a Cho Juan el de La Calzada, que si lloraba de noche lo acurrucara en la cama, que así se dormiría prontito.

La caravana de la muerte partió, Ramona se quedó mirando cómo se perdía carretera abajo, dejando atrás el humo del oloroso combustible, el polvo insoportable, un indescifrable olor a sangre y flores. Se acercó al lecho del bebé, movía sus manitas, los ojos le brillaban, esbozaba una leve sonrisa cuando vio el pelo despeinado de su abuelita, la cara de asombro y miedo, el silencio inundó el aislado pago mientras los alcaravanes cantaban la salida de la luna llena.

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