domingo, 17 de abril de 2016

La guarida de las heridas abiertas

Habían depositado en el mar los cuerpos de Ramón Sanabria y Jorge Alberto Mederos, se hundieron rápido, eran dos más de los doce muertos, los que no aguantaron el hambre y la sed perdidos en aquel insondable océano entre Tenerife y la costa africana, la que eran incapaces de encontrar en la inmensidad, la quietud de aquel jueves de septiembre del 36, mientras las ballenas rorcuales avanzaban hacia un lugar desconocido, quizá el continente americano, el sur del continente negro, donde los gigantescos tiburones blancos perseguían a las focas monje, como ellos mismos fueron perseguidos desde que estalló el golpe de estado el 18 de julio, cuando todas las fieras criminales se unieron para asesinar a quienes luchaban por un mundo mejor.

Solo quedaron en la pequeña embarcación Elvira Rodríguez, Manuel Fonte, Anastasio Cubillo y Azarías Santana, los restos de aquella expedición de la esperanza que partió desde Taganana en el barquillo atunero aquella madrugada, en la oscuridad repleta de estrellas, mientras en el húmedo bosque de Anaga se escuchaban las partidas de falangistas, los ladridos de los perros, las arengas de los jefes fascistas al numeroso grupo de hombres ansiosos de más sangre, de más mujeres para violar, de más cuerpos para torturar hasta la muerte.

La corriente les llevaba, parecía que no avanzaban, pero cuando amanecían los cuatro abrazados para protegerse de la gélida temperatura oyeron el canto de los pájaros, el pobre “Tacho”, como le llamaban, se elevó y vio la inmensa playa a varios cientos de metros, todos remaron con las manos hacia el desierto del Sahara, a pocos metros de llegar vieron los lobos marinos tumbados al sol, no se inmutaron, solo los miraron como quien ve un espejismo, algo irreal en la inmensa tranquilidad de un paraje inhabitado, donde los seres humanos no existían, solo la magia, la sal, el naufragio de la inocencia.

Se bajaron antes, abandonaron la barcaza casi destrozada después de un mes y medios en alta mar, desnutridos, secos de sed, caminaron con el agua a la cintura, Azarías tomó en brazos a Elvira que estaba semiinconsciente, deshidratada, llegaron y se tumbaron en la arena limpia y casi blanca, olía a hierba fresca y no se veía vegetación, algo así como las fincas de tomates de Guimar entre el maipez volcánico, durmieron bajo el sol mañanero, como si ya se hubieran librado de la muerte segura, de la tortura, de los abusos de aquella banda de asesinos que habían quedado al otro lado del mar, en la amada tierra isleña, la que jamás volverían a pisar.

Despertaron, no sabían la hora, solo que el sol estaba ya casi a punto de ser devorado por el horizonte, decidieron andar hacia el interior, varias horas después, lejos ya del mar, vieron luces, una hoguera y varias jaimas alrededor, se acercaron y les recibieron varias niñas con agua y leche en cantaros de barro, Manuel les preguntó en francés quienes eran, una mujer de manos pintadas con dibujos laberínticos de henna le respondió que eran el pueblo saharaui, que estaban alzados contra los abusos de España y Francia, que sus ejércitos asesinaban a su gente, se llevaban a las niñas, violaban a sus mujeres, mataban a sus hombres.

En un instante estaban bajo aquella inmensa lona blanca tomando té mientras les preparaban un couscous de carne y especias, los acogieron como hermanos del otro lado del infinito lago salado, la guarida de las heridas abiertas en la encrucijada de los sueños.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es/

No hay comentarios:

Publicar un comentario