viernes, 22 de abril de 2016

La escena del crimen

El agente judicial dio la orden de derribar la puerta de la vieja estancia del barrio de San José, en la loma, cerca de la batería militar en la isla de Gran Canaria, ese lugar laberíntico de hogares humildes, donde Juan Sosa Espino había comprado la diminuta casa que nunca pudo pagar. Los policías derribaron la portada agrietada por la carcoma y lo primero que vieron fueron dos piernas colgando y debajo un inmenso charco de orines. Los funcionarios se impresionaron, dieron un paso atrás, algunos salieron espantados de la vivienda que iban a desahuciar.

La cara de Juan con los ojos abiertos parecía mirarlos como si ya no sintiera dolor ni preocupación, había planificado su muerte de forma minuciosa, colgado de la argolla del techo del saco de boxeo que el narcotraficante que le vendió la propiedad usaba para entrenarse. Se subió a la silla, se ató la soga al cuello, le vino un ataque de risa no sabía porqué pero no podía parar, luego comenzaron a correrle las lágrimas por la barba cana, una mezcla de sensaciones, pero tenía claro que la muerte era la solución, no dejaba de mirar la carta del juzgado donde ponía fecha al desalojo con sanción, tener que seguir pagando la hipoteca aunque perdiera la casa para siempre.

Al rato se personó el juez, en la calle mucho bullicio, los paisanos asomados a las ventanas, a las azoteas, desde fuera era fácil verlo colgado, como una señal contra los abusos de poder de un gobierno corrupto. La televisión encendida mostraba los escándalos de corrupción de Rita Barberá, la liberación del delincuente Fabra sin haber cumplido condena, Rajoy hablando de honradez en su partido, la enésima y surrealista versión de Soria sobre su millonario pelotazo panameño.

Era curioso, nadie apagaba la tele, hasta los policías se entretenían mientras el juez y varios agentes de paisano observaban el escenario del suicidio, Albert Rivera hablaba de que lo mejor era el gran pacto PSOE-PP-Cs por “el bien de España”. La presentadora de TVE, una rubia con rostro resabido, un peinado de barbie de la Gürtel, luego apareció Cospedal hablando de decencia política y moral, de que Rita era una mujer honrada, que estaba segura de su inocencia en las numerosas tramas de corrupción donde aparecía vinculada.

La calle se inundó de personas desesperadas, de jóvenes enganchados al crack, la heroína y las pastillas, de vecinos desempleados y mujeres con niños desnutridos en los brazos, hasta que llegó una hermana de Juan y comenzó a llorar a gritos, acusando al BBVA, a los policías y al juez de asesinos, de forma inmediata dos policías la retuvieron y al resistirse la tiraron al suelo, le pusieron una rodilla en la espalda de forma salvaje y la esposaron. Se hizo un gran silencio, nadie decía nada, todos miraban paralizados ante la extrema violencia policial, mientras por los ojos de Juan seguían saliendo lágrimas.

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