sábado, 9 de abril de 2016

En ese rincón de magia entre el pinar

Manuel de Lugo y Manrique de Lara, dio la orden de ejecución inmediata de los reos, tres hombres y una mujer que iban a ser asesinados en el Pinar de Tamadaba, muy cerca de la Punta de Faneque. Los falangistas de Agaete habían preparado una fosa de poca profundidad en la tierra repleta de pinocha, el hueco era escaso para tantos cuerpos, pero ya estaban acostumbrados a la ley del mínimo esfuerzo, amontonarían los cadáveres uno encima del otro, la idea era evitar el duro trabajo de cavar una tierra tan dura y rica en organismos vegetales.

A la mujer la trajeron aparte, la habían estado violando en la casa del cura del Valle de San Pedro, era una chica joven, María Cabrera, aparcera en las fincas del Conde de la Vega en Jinámar, novia de Juan Marrero, sindicalista de la CNT, que había sido asesinado días antes, arrojado a la caverna cercana al acantilado de la Mar Fea, también dentro de las tierras de aquel miembro de la nobleza asesina de la isla de Gran Canaria, el lugar secreto del siniestro triangulo de la muerte.

La chica venía con una especie de camisón blanco destrozado, el pecho fuera, con la sangre corriéndole por los muslos, la cara repleta de magulladuras, heridas en los labios y la cabeza rapada, los hombres parecían no poder mantenerse en pie, los efectos de la tortura de varios días en la finca de Tirma.

Allí los juntaron a los cuatro, María conocía a Raúl Sosa, el joven escribiente del Ayuntamiento de Arucas, por un momento se miraron, el muchacho tenía un ojo sacado, solo se le veía la cavidad ocular como una especie de agujero negro hacia el infinito.

Sentados entre los pinos con varias botellas de ron de caña los jefes falangistas y un teniente de la guardia civil hacían bromas, se reían del miedo de quienes iban a ser asesinados.

Santiago González dio un “Viva a la República” que se escuchó en aquel inmenso silencio de paraje perdido, hasta los pájaros se callaron por un momento y los picapinos pararon por unos instantes su esmerada labor. Todos los fascistas fueron a por él, de un culatazo en la cabeza lo derribaron al suelo, allí entre todos lo patearon con las botas militares hasta que el pobre chico, carpintero de profesión, pareció un muñeco inerte entre la extrema violencia de los borrachos del faccio.

-Está muerto ya cabrones. –grito el joven cacique de San Bartolomé de Tirajana, Guillermo del Castillo entre risotadas-

-Nos ahorramos el tiro en la nuca, una bala menos. –dijo en tono bromista el teniente de la benemérita Arcadio Domínguez-

Manolo Peña, Demetrio Prada, los dos jornaleros en los tomateros de los Betancores, miembros de la Federación Obrera se quedaron helados, atemorizados al ver como habían matado al pobre Santiago, ya no tenían espacio en sus cuerpos para más heridas, eran hombres derrotados, entregados a una muerte que podría ser su liberación a tanto dolor.

María trato de agarrar las manos de los dos jóvenes, justo cuando se percató de que el falange de Galdar, Guillermo Morales, les iba a dar el tiro en sus ensangrentadas cabezas, los obligaron a arrodillarse a golpes con la pinga de buey en sus espaldas, los niños de papá, hijos de la oligarquía seguían sentados bajo un pino centenario de tronco muy gordo, tomaban ron de forma exagerada y hablaban de cómo habían abusado de la joven la noche anterior, de “cómo gemía y lloraba la muy puta cuando le clavábamos la polla por el culo”.

El hijo del Conde bajó el brazo, era el momento, los tres disparos sonaron como un trueno estremecedor, los tres cayeron unos sobre los otros, la chica encima, fue la última en morir, sufría estertores con los ojos muy abiertos, el cráneo destrozado por el lado derecho, con parte de la masa encefálica colgándole.

-No se muere, querrá que nos la follemos de nuevo. –dijo Manrique de Lara entre carcajadas-

-Entierra viva ya a esta hija de puta. –afirmó tajante el capitán Hermosilla de la guardia civil de Moya-

Los cuatro cuerpos fueron arrojados de forma inmediata a la fosa, la chica seguía temblando y mirando a su alrededor desconcertada, veía como los hombres uniformados echaban tierra sobre ellos, hasta que el barro del pinar le entró por la boca y no pudo seguir respirando aferrada a la joven vida.

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Pintura de Fernando Botero Angulo (Medellín, 19 de abril de 1932)

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