sábado, 23 de abril de 2016

Del que caminara con la muerte

Cuando se metieron en la cama Raquel sintió aquel cuerpo cálido en la oscuridad, venían de cenar de aquel bosque perdido, por encima de la costa mediterránea, el pueblo desconocido donde llegaron con el viejo coche de Carlos en un recorrido de curvas y lluvia sosegada, aquel restaurante invadido de vegetación donde comieron al aire libre en su primera cita, devorando con hambre inmensa la gigantesca ensalada, los pimientos asados, el queso frito, el pan con tomate y aceite, la jarra de vino de la tierra, un sabor afrutado como los besos que se dan en las puestas de sol.

Ella enseguida comenzó a gemir, un sonido que se confundía con el canto de las lechuzas que comenzaban el viaje nocturno, las caricias eran una nueva aventura, un descubrimiento de cada centímetro de piel de aquellos cuerpos entregados al amor y el salitre, sumergidos en ese viaje del sentimiento primerizo, el que no se sabe hasta donde será capaz de sobrevivir en ese acantilado infinito de sueños y raíces.

Se besaban, besos largos, lenguas enredadas, saliva, entre sabanas frescas y un olor a rocío, a tierra mojada y leña recién quemada, el fuego de dos cuerpos abrazados, algo así como el incienso que aroma los años felices, los que jamás se vuelven a repetir.

A pocos metros de la humilde casa rural de la señora de las rosas, del jardín inclinado sobre la ladera invisible, en el bosque de sauces descansaban los huesos, el legado de los guerrilleros del incipiente maquis, el pequeño grupito de hombres y mujeres que vinieron de Francia en los años 40, cuando los nazis perdieron la guerra, allí mismo fueron acribillados a balazos ante la hoguera. Ni siquiera se los llevaron, los enterraron donde murieron, un espacio más, uno de los cientos de miles que inundan las tierras de esa España irreal, ficticia y construida con sangre inocente y tortura.

Sobre los restos de Marga, Jordi, Laia, Samuel, Ricardo “El Bierzo”, Antonio “El Gomero”, los heroicos combatientes de la resistencia francesa. 

Meses antes habían entrado en Paris triunfantes junto a la unidades móviles de La Nueve, para luego morir en la humilde selva de Arenys, más allá de la montaña de Can Puig, cerquita del riachuelo donde la noche antes se bañaron desnudos.

Allí cerquita se amaron toda la noche Raquel y Carlos en la cama de caoba de la abuela Rosalía, la novia de Ernest Ricard, el joven alcalde republicano desaparecido del pueblito sin nombre, el que quemaron los fascistas la misma noche de la masiva ejecución.

La pareja se quedó abrazada, silenciosa, ensimismada, agotados de amarse, de sentirse, de navegar uno dentro del otro en un universo interminable, entre las mantas revueltas y mojadas del liquido del amor, desnudos, mirando al techo oscuro, donde parecían dibujarse caras y perfiles de seres desconocidos, abocados a la nebulosa estrellada de la parte más tierna de la historia.

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Columna del maquis. Imagen: "Crónicas a pie de fosa"

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