miércoles, 13 de abril de 2016

Celebración de la matanza

La finca de los Barber estaba ese día repleta de falangistas, militares y curas de alto rango, celebraban los seis meses del alzamiento fascista, los coches iban llegando con los caciques, el Conde de la Vega, varios terratenientes ingleses encabezados por un tal Bonny, los conocidos como los “Betancores”, los Ascanio, el capitán Samsó, el teniente coronel Bombin, Lucas Bravo de Laguna, hasta el hijo del general Dolla se acercó desde la isla de Tenerife a la celebración en la gigantesca hacienda de Agüimes. El cruel requeté, Indalecio Roca, conocido por los abusos a mujeres republicanas junto al criminal tabaquero Eufemiano. Todos se fueron sumando al sancocho y el asadero de costillas y chuletas, regado con ron de caña y vino español, el que traían de La Rioja los jefes del ejército en los barcos de guerra sin que pasara por los controles en el Puerto de la Luz.

La fiesta de la sangre comenzaba y todo eran risas y burlas a las mujeres y hombres republicanos que tenían atados, encerrados en una pocilga junto a los cerdos, gente del sureste de Gran Canaria, jornaleras, sindicalistas, concejales, dos militares, Jacinto Cuenca, “El Gallego”, y Ernesto Reverón, vecino de Arona, teniente el primero y sargento el segundo, detenidos y torturados durante meses por no acatar las ordenes de los golpistas, hombres y mujeres destrozados por semanas enteras de golpes y violaciones en la finca de aquella familia de la genocida oligarquía isleña.

No les importaba comer y beber entre el mal olor y la imagen de aquellas personas muertas en vida, desnutridas, con el cuerpo repleto de heridas, algunas en el suelo medio agonizando por la infección y el hambre no les causaba el menor escrúpulo.

Trajeron una parranda de música folklórica, varios simplistas y guitarristas, un tipo gordo vestido con atuendos azules y correajes que cantaba y golpeaba sin ritmo un tambor militar. Las mujeres de los fascistas bailaban bajo la sombra del parral con los niños y niñas bien vestidos, la chiquillas con lacitos blancos en el pelo, varios infantes vestidos de Falange, la mesa repleta de pasteles comprados en Tamaraceite, licores finos, limonada fresca y todo tipo de caramelos y dulces.

Los hombres cada vez más borrachos comenzaron a sacar a las chicas más jóvenes cautivas, las llevaban a un alpendre de madera con varios camastros de paja, se escuchaban los gritos de las víctimas de la violación múltiple, la soldadesca custodiaba todo el entorno de aquella propiedad privada, armados con los mauser, parecían vigilar que nadie alterara el desarrollo de aquel ritual demoníaco, como si existiera una guerrilla de sueños y nubes tras haber asesinado en pocos meses a más de cinco mil hombres y mujeres en toda Canarias.

La parranda no dejaba de tocar isas y folías, el obeso cantante con un gorro flamenco escupía cuando entonaba lo que suponía era una letra poética, sudaba a mares en el calor de aquel diciembre del 36, muy cerca del Barranco de Guayadeque y sus pozos, el lecho de muerte de quienes habían sido arrojados meses antes por las “Brigadas del amanecer”.

El hijo de Dolla y varios sobrinos del Conde decidieron ejecutar a varios de los hombres detenidos.

-Tráeme al rubio del bigote y la boina, a ese lo conozco de la huelga de los tomateros de Tirajana, es anarquista. –Dijo el niño de papá Borja Benítez de Lugo y Croissier pistola en mano-

Sacaron al muchacho y a dos señores mayores sin identificar por la suciedad y la sangre en sus caras, los colocaron arrodillados en la trasera de la casa y el muchacho de alta sociedad isleña disparó en sus nucas, la sangre manchó sus lujosos uniformes entre las risotadas al ver como varios de los cuerpos se contorsionaban todavía con vida, revolcados en el barro y los sacos de papas podridas que usaban como estiércol.

El suelo se enrojeció, quizá también el cielo de una tarde inacabada, al otro lado seguían los cantos y las risas de los niños, los disparos casi no se escucharon, mientras más arriba en la cuevas varias familias humildes veían todo semiescondidas tras las corroídas cortinas de fieltro, testigos directos de la atrocidad desconocida en aquellas tierras bellas, la celebración del holocausto.

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Pintura de Oswaldo Guayasamín "La edad de la ira"

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