jueves, 31 de marzo de 2016

Sonata del abismo

En el pequeño barco iban cuatro hombres atados de píes y manos dentro de sacos de plátanos, los falangistas los habían golpeado en la playa de Chinguarime en el municipio de Alajeró, el silencio de la noche y el suave sonido del mar apacible fueron testigos de aquellos nuevos abusos de los fascistas de la isla, los que jamás perdonarían que aquel pueblo años antes se hubiera alzado en Hermigua contra las cacicadas de los corruptos terratenientes. 

Una huelga general organizada contra los dueños de la isla, los que ahora tenían carta blanca para asesinar, ejecutar su venganza, solo bastaba con dar ordenes a los sicarios de Falange y Acción Ciudadana.

Esa noche las cristalinas aguas estaban muy tranquilas, no se escuchaba nada, solo el ruido de la embarcación surcando el frío Atlántico, algún salto de los juguetones delfines, quizá los gigantescos calderones que siempre han estado asociados a esta isla mágica.

Los llantos y lamentos de los gomeros de la CNT y la Federación Obrera, con el cuerpo destrozado interrumpían el plácido transcurrir de aquella madrugada de septiembre del 36, cuando miles de canarios estaban siendo asesinados en cada rincón del desafortunado archipiélago, ahora en manos de criminales dispuestos a todo para implantar el terror, el genocidio bendecido por la Iglesia Católica que participó activamente en cada uno de los crímenes, en cada tortura, en cada tiro de gracia en la nuca de personas honradas y nobles, las que solo defendían la legalidad constitucional.

Llegó el momento, el barquillo de dos proas ancló, el hijo del cacique Plasencia bajando la cabeza en un gesto de muerte ordenó que tiraran los sacos con los hombres dentro al mar. Por un instante los fascistas se quedaron paralizados, les seguía imponiendo ese fatídico momento, el instante de que las negras aguas se tragaran para siempre a personas que conocían desde siempre. Pero el niño de papá era frío como el hielo, insensible, sin empatía con quienes iban a perder la vida solo por defender sus derechos laborales.

Uno a uno los tiraron, los chicos lloraban, solo se escuchó un insulto casi ininteligible, una especie de gemido que ya venía del otro lado de la muerte, una anunciada partida hacia lo desconocido, dentro de sacos con pesadas piedras de playa en su interior para que los cuerpos no pudieran jamás salir a flote, para tapar cualquier rastro del holocausto isleño perpetrado por criminales de lesa humanidad.

En un instante se hizo el silencio, Plasencia mandó regresar a la costa, abrieron antes unas botellas de ron de caña, ya habían estado bebiendo mientras los torturaban, era una forma de sacar de dentro los más oscuros instintos asesinos.

Tomaron un buen rato entre bromas, comentaron como los muchachos lloraban antes de morir, durante la travesía hacia el infierno marino.

- Fuertes cobardes estos rojos hijos de puta, -dijo con voz ronca el cabo Antonio Fuentes-

Todos rieron a carcajadas mientras enfilaban hacia la costa a buscar más reos, los que las “Brigadas del amanecer” iban sacando de sus casas o de las comisarías, una forma de facilitar su ejecución sin tener que pasar por tediosos y largos Consejos de Guerra.

En el fondo del mar, en el oscuro abismo, los chicos reposaban, quedaron en círculo, como si estuvieran reunidos para reorganizar la resistencia del silbo del combate, de los ancestrales tambores guerrilleros.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es/

Manifestación en Hermigua, 1936

No hay comentarios:

Publicar un comentario