martes, 15 de marzo de 2016

Newham, la fragancia del alba

Le preparó el caldo de cilantro y se lo sirvió en la mesa de entrada al viejo piso, Londres ese día estaba nublado y llovía, una lluvia suave que parecía parte de paisaje, la ventana se veía humedecida, con un vaho fantasmagórico, afuera el bullicio de las calles mojadas de Newham a cinco kilómetros de la zona financiera de la gran capital, la calle repleta de inmigrantes, el típico olor a café y fritangas, el que tanto le gustaba a Patricia Calcine, le removía viejos recuerdos cuando venía a visitar a María Eugenia Santana la paisana canaria, víctima también del forzoso exilio en aquellos años setenta convulsos, donde la música impactaba en el revuelo de las manifestaciones contra las guerras, los punteos diabólicos de Jimi Hendrix, la voz rota de Bob Dylan, siempre al compás del universo de la oscuridad, donde los niños morían abrazados por el NAPALM, por el fuego de los bombardeos masivos sobre las selvas asiáticas donde resistían pueblos heroicos.

Las dos mujeres vestidas de negro se sentaron calladas, a sorbos con la cuchara iban degustando el humilde manjar, el sabor de su tierra, del olor salitre y viento inmortal de los acantilados del norte de la vieja Tamarán, ahora la isla de la muerte, donde las fuerzas fascistas asesinaron a miles de personas inocentes, aquellos camiones repletos de gente hacinada, maniatada, camino de los agujeros volcánicos, de los pozos, de las fosas comunes todavía cerradas en un pacto eterno, que partía de la esencia de aquel régimen criminal, que en plena y absurda pseudo democracia española habían decidido no exhumar jamás ningún resto del genocidio, un pacto de sangre y crímenes brutales, donde la oligarquía criminal, los corruptos políticos de la transición, todo tipo de asesinos psicópatas reconvertidos en patéticos y falsos “demócratas de toda la vida”, personajes con las manos manchadas de sangre, torturadores, violadores de mujeres, vendedores de niños y niñas, ladrones de propiedades, encabezando en aquellos momentos la “nueva España”, la de los más de 200.000 asesinatos, la de las miles de fosas y cunetas repletas de luchadores/as por la libertad.

María y Patricia escuchaban la radio, su inglés no era perfecto, pero les bastaba para entender los partes de guerra, las críticas al comunismo, las alabanzas a gloriosos ejércitos del norte que masacraban pueblos enteros, población civil inocente. De España hablaban siempre bien, la ejemplar transición, la reconciliación nacional, de cómo el viejo general no era tan nazi como Hitler o Mussolini, que todo iba tan bien en aquel rincón perdido, en el barrio obrero tan cerca de la City, del centro neurálgico del poder económico, los que pactaban en silencio las nuevas masacres en la parte triste del mundo.

La monótona conversación de cada día, marcada siempre por el recuerdo de la muerte de sus maridos, la partida cuando ya era casi imposible vivir con tranquilidad después de los fusilamientos en el campo de tiro, los acosos, las persecuciones, las flores clandestinas en el enterramiento de la fosa del viejo barrio colonial.

Las dos terminaron su plato, un buchito de café, un trocito de cadbury, no les gustaba el té de las tardes flemáticas, no les gustaba aquel pueblo, su traición, las mentiras, la irremisible condena a sobrevivir en el exilio interior, no volver jamás a la tierra y la nostalgia, para no recordar los ojos claros y limpios de los masacrados hombres que amaron.

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Grupo de mujeres y niños que se refugian del fuego cerca de Saigón. 
Vietnam, 1 de enero de 1966. Horst Faas/AP.

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