jueves, 24 de marzo de 2016

Leyendo los sueños en el rostro amado

Apenas despuntaba el día cuando el empleado de Correos, Carlos Grote y la maestra, Sisa Ibarra, se dispusieron a abandonar la cueva de El Cedro, en aquel paraje remoto de la isla de Tamarán, decidieron bajar el barranco de Guguy, la muchacha llevaba una alpargata rota, se le salía toda la planta del pie derecho, era casi imposible avanzar en un terreno tan escarpado.

Desde aquella altura no se veía un ser humano en kilómetros a la redonda, solo las tabaibas gigantes, tan altas como dragos, cardones que parecían edificios fantasmagóricos, no podían permitirse el más mínimo error, sabían que hacía días eran perseguidos por los falanges y la guardia civil de Agaete, las águilas majestuosas parecían acompañarles en aquel viaje interminable, sin retorno.

A medio camino hacia la playa grande la muchacha se tuvo que sentar, no podía más, tenía el talón destrozado, una fractura por andar tanto tiempo descalza. Miró fijamente a Carlos y le dijo que siguiera, que ella se quedaba por allí hasta que llegaran los fascistas, que los despistaría diciéndoles que no le había visto desde que se separaron cerca del pinar de Linagua. El joven no aceptó la imposición de Sisa que lloraba y le gritaba que se marchara, que al menos el salvara su vida para poder unirse a los pescadores que les iban a recoger en la cala de Peñón Bermejo.

En la montaña lejana sobre La Aldea de San Nicolás ya se apreciaba el movimiento de un numeroso grupo de hombres armados, con el naife (1) cortó su fajín negro para hacerle una venda, una especie de artilugio sanitario que apretó el hueso, la muchacha se levantó y comenzó a andar de nuevo con una evidente cojera, aguantando un dolor terrible avanzaron los dos, ella apoyada en su hombro, lentamente bajaban y el barranco se hacía interminable, el calor de aquel agosto del 36 era insoportable, no les quedaba agua en la piel de baifo (2), no podían ubicar los manantiales que les había indicado Cho Pedro el pastor de cabras de Tasarte el día anterior, el viejo amigo del padre de Carlos, de los tiempos de las reuniones y encuentros de la Federación Obrera en el Valle de San Pedro.

El barranco no tenía fin, ni siquiera se divisaba la playa, solo las grandes rocas, la vegetación que impedía ver el final del camino, Sisa se desvaneció, la pierna le sangraba mucho, el dolor ya era insoportable, Carlos se quedó con ella, ella le pedía con la mirada que siguiera, que la dejara, que no había otra salida. Por un instante se abrazaron, el recordó su dulce olor de los bailes en la plaza del pueblito bajo los riscos de Tamadaba, la muchacha de la bella sonrisa, la linda maestra de la que se enamoró nada más verla saliendo de la pequeña escuela de la laderita, una sola habitación, las excursiones con los niños y niñas hacia el pinar, las clases en la naturaleza, la flora, la historia de los antiguos indígenas, las matemáticas contando flores y piedras brillantes.

Allí se quedaron los dos, Sisa se durmió abrazadita a sus brazos morenos, un abrazo que parecía los unía para siempre, incluso más allá de aquella dura vida, más allá del inminente asesinato, su desaparición en cualquier pozo, en el mar o agujero volcánico, las brutales torturas que les esperaban cuando llegara la jauría humana, Carlos siguió despierto, sintiendo el pecho de su amada, la respiración, leyendo en su cara cada sueño, cada instante de esperanza desahuciada por la cara triste de la historia.

(1) El naife (cuyo nombre proviene del inglés knife, cuchillo), es un tipo de cuchillo característico de las Islas Canarias.
(2) Cría de la cabra (cabrito) en lengua indígena canaria.

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Manuel Calvelo fusilado en Santiago de Compostela el 31 de diciembre de 1936 y su esposa Isabel Ríos, fallecida en España en 1997. 

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