miércoles, 2 de marzo de 2016

Lenguas petrificadas

Cuando Ana Luisa Rodríguez llegó al cuartel de San Francisco, varios camiones salían cargados de hombres atados y ensangrentados, que custodiados por militares y falangistas armados partían a un destino desconocido. En la misma entrada preguntó al soldado de guardia por su hijo Santiago Cabrera, el joven uniformado no sabía nada de los presos, llamó al cabo de guardia que la remitió a la calle Triana, donde según dijo quedaban registrados todos los detenidos desde la noche del sábado 18 de julio de 1936.

La mujer y sus dos nietos bajaron por los riscos de San Nicolás, un sendero junto a la antigua muralla que rodeaba la ciudad de Las Palmas de los tiempos remotos de las incursiones de los piratas, las tuneras inundaban el terreno, se veían balas en el suelo de las prácticas de tiro, la ciudad y su catedral presidían la triste comitiva, con Pablito en los brazos de su abuela y Adita la niña de 7 años que iba de su mano, preguntaban donde estaba su padre, porque llevaban días sin verlo.

Ya en la puerta del Gobierno Militar había muchas mujeres que también indagaban por sus familiares, la cola atravesaba la calle y llegaba casi hasta el mar, niños sentados en el suelo, personas mayores, todos esperando noticias, las que salían lo hacían llorando como desencajadas, sin saber ya donde ir. Grupos de requetés custodiaban la inmensa cola, mantenían su “orden” con varas de acebuche con las que azotaban a los chiquillos o a las mujeres que se les encaraban.

A las cuatro horas de espera, ya media tarde, le tocó el turno, Ana Luisa entró y en una mesa un sargento y un teniente la esperaban. Le preguntaron que a quien buscaba, ella como de memoria repitió el nombre completo de Santi, su profesión, el día y la hora en que se lo llevaron de su casa en el barrio de La Isleta. Los hombres miraron unos papeles con listas de nombres interminables, nombres escritos a maquina de escribir con escudos militares de membrete. Al buen rato, unos instantes eternos, más de veinte minutos le dijeron que allí no estaba, que no constaba que hubiera sido detenido, menos aún retenido en alguno de los campos de concentración o cuarteles.

Ana Luisa no se iba, se mantuvo de pie delante de la mesa, la niña se había orinado encima hacía rato, no tenía con que cambiarla, los militares le ordenaron que saliera, que quizá su hijo se hubiera marchado de la isla, que allí no existía, que no, que no estaba, que se fuera a su casa a esperar que volviera.

La mujer avanzó como una muerta viviente, la pequeña Adita la arrastraba de la mano, seguía preguntando sin parar por su papi, las tres se quedaron sentadas un buen rato viendo como la fila de gente se hacía gigantesca, gente de todo tipo, aparceras, tabaqueras, Enriquita la hija del panadero anarquista de Casa Ayala, Juliana la mujer del médico de Teror, Mercedes la hermana de Sebastián el chofer de los camiones del hijo de la marquesa. Rostros conocidos, desesperados, que buscaban como si llevaran encima una losa, la más pesada del mundo, arrastraban los pies con la esperanza de recuperar a los seres queridos asesinados por aquellas bestias.

La abuela y sus nietos se vieron envueltos por la noche, nubes negras atravesaban el cielo canario, olía a carne asada, la fiesta del club de oficiales estaba a punto de comenzar, vieron bajarse del coche al millonario tabaquero Eufemiano Fuentes junto a su mujer, acompañado entre risas por dos hombres vestidos de negro con el escudo de falange en el pecho. Uno de los fascistas sacó una moneda y la puso en la mano de la niña, le acarició el pelo y se metieron en el lujoso edificio. Ana Luisa, Pablito, Adita sintieron la desolación sobre la pared de piedra, las bocas secas, el sabor de la muerte en sus lenguas petrificadas para siempre.

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