miércoles, 9 de marzo de 2016

La dulce mirada de Luis en los ojos tristes de Matilde

El niño Luis nació con las piernas paralizadas, su madre Matilde Ruano enseguida percibió la discapacidad, el brazo derecho era más pequeño que el izquierdo, sus ojos eran alegres, vivarachos, la lengua era demasiado grande, no le cabía en la boca, como aferrado a la oportunidad de la vida, lo acunó enseguida en la habitación de la vieja casita de tejado de los Llanos de María León, al fondo del valle, donde trascurría el agua turbia del barranco de Mascuervo.

La triste mujer, siempre vestida de negro, un luto eterno, sabía porque su niño había nacido así, recordó cuando se la llevaron los criminales Del Castillo, junto al cacique inglés de los tomateros del sur, integrantes de la Brigada del Amanecer junto al tabaquero Eufemiano, el conocido criminal y violador de mujeres. Su marido Augusto Bencomo había sido asesinado dos días antes, cuando lo sacaron de su casa de madrugada y lo tiraron dentro de un saco, atado de pies y manos en la Mar Fea, junto a la playa de La Laja, cerca del barrio marinero de San Cristóbal.

Matilde fue recluida embarazada de dos meses en el centro de detención y violación de mujeres del Conde de la Vega, muy cerca de Castillo del Romeral, junto a los tomateros que llegaban hasta el horizonte del territorio insular de la isla de Gran Canaria. Allí fue atada con el tronco sobre una mesa, las dos piernas abiertas, sujetas con cadenas a unos clavos en el suelo. Le metían ron aldeano a la fuerza con un embudo en la boca y era sistemáticamente violada primero por los señores terratenientes, sus hijos, sobrinos y capataces, para a los pocos días entregarla la soldadesca de la Falange y Acción Ciudadana. Así estuvo casi treinta ideas, encorvada, atada, haciéndose las necesidades encima, alimentada de alcohol y trozos de pan y agua, bajó muchos kilos y sufría violaciones a todas horas por parte de esta banda organizada de criminales psicópatas.

En las mesas de tortura de al lado vio morir a varias mujeres, a la jovencita muchacha rubia del municipio de Ingenio, Devora Estebaranz, la que no tenía más de dieciséis años, hija del médico Don Juan Carlos, el asturiano amigo de los pobres, miembro del Partido Comunista que no le cobraba la consulta a la gente humilde. A la pobre chiquilla la desangraron por el ano a los pocos días. Hasta varios curas del sur pasaron por allí, levantándose las sotanas para penetrarlas salvajemente.

La oscura habitación solo desprendía dolor, una energía negra como la noche se percibía en cada rincón de la estancia, un fuete olor a zotal para limpiar los orines y los residuos fecales de las muchachas, la sangre se mezclaba con los desinfectantes, un fragancia mortal que se quedó para siempre en la nariz de Matilde, incluso durante el brutal embarazo y nacimiento de pie del pobre chiquillo, el bebé que había llorado dentro de su vientre durante varios días, cuando comenzaron las brutales contracciones.

Cada día llevaba siempre a Luisito abrazado, envuelto en la mantita de lana de oveja, no se separaba nunca de su adorado hijo, lo llevaba a todos lados, no lo dejaba solito, lo amaba como nunca había amado, un amor solo comparable a su querido Augusto asesinado por aquellos perros fascistas, arrojado al mar por los esbirros de la Marquesa de la ciudad de la piedra de cantería en el norte de la isla.

Nada era comparable a ese amor invencible, el niño siempre la seguía con la mirada, en todo momento, cuando lo alimentaba con la cucharita de hierro, cuando lo acariciaba en las noches sobre el camastro de paja hasta que se dormía abrazado, pegado a sus pechos llenos de cicatrices, con un pezón cortado por los torturadores, unos cantaros de amor por donde seguía manando la lechita caliente, tras pasar cinco años de su brutal nacimiento.

Recordaba Matilde como giraba la barriga cuando la golpeaba, tratando de evitar que le dieran al bebé oculto como un tesoro en su vientre, pero era inútil, perdía el conocimiento con frecuencia por las constantes palizas y abusos sexuales, al niño lo destrozaron dentro del vientre y había sido casi imposible que sobreviviera y pudiera nacer, pero allí estaba, mirándola con ese amor que solo puede venir de un ser especial, jamás pudo hablar, sonreía a veces, no tenía casi movilidad, solo encendía sus días con el brillo de sus ojos marrones, enarbolando la luz invencible de la esperanza.

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Fotograma de la película "La noche de los lapices" Héctor Olivera, Argentina)

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