martes, 8 de marzo de 2016

La deriva y la masacre

La barquilla de vela atravesó el límite de la costa de Bañaderos, los dos evadidos escapaban de la muerte, del terror franquista en Gran Canaria, veían aquella tierra amada de la infancia feliz alejarse irremisiblemente para siempre. Amadeo Trejo y Paco Montesdeoca, orientaron la embarcación hacia Fuerteventura, la esperanza de alcanzar el litoral africano, no sabían que se adentraban en el misterio del inmenso Atlántico, la ruta de América, la fría corriente de la nostalgia, el viaje hacia el infinito de la oscuridad, comenzaba la aventura.

Pasaron varios días y no divisaban la costa, la comida se agotaba, el pescado salado, el cherne de los sancochos de los buenos tiempos, algo de fruta, plátanos verdes y el agua, la escasa agua que se agotaba, la racionaban y no llovía, comenzaron a preocuparse, cayendo en la cuenta de que se habían equivocado de ruta, ya no sabían donde estaban, no se veía tierra por ningún lado y un mar embravecido y negro los acogía como una minúscula cáscara de nuez en aquella inmensidad.

Hablaban a ratos de los cientos de compañeros asesinados, de cómo se habían librado por poco de la detención y la tortura, del momento en que la anciana, María Trujillo, les avisó de que los falangistas ya estaban en el vecino pueblo de Moya, llevándose a los hombres y mujeres del sindicato anarquista, a la gente del Partido Comunista, a los maestros de cada municipio vecino, republicanos, educadores de la esperanza, que eran arrojados a la Sima de Jinámar, a los pozos de Arucas y Tenoya, a la Mar Fea, a ese océano que ahora atravesaban hacia un destino desconocido, la huída hacia la libertad o la nada, hacia el infinito del horizonte rojo como la sangre de un pueblo masacrado.

Lograron capturar algunos peces, Amadeo gran nadador y pescador se lanzaba al mar atado con una cuerda a la cintura, con un pincho de hierro ensartaba el pescado, todo tipo de especies, que luego devoraban crudos, era su única esperanza, en los anzuelos era muy difícil, había que lanzarse al mar y el joven aruquense era un experto, siempre miraba por si se divisaban tiburones y aprovechaba para bucear con los ojos abiertos, siempre buscando los bancos que venían de las profundidades abisales, inconscientes de que un nuevo depredador habitaba en aquel trocito de planeta.

Tras varias semanas seguían con la vela erguida, arrastrados por el viento, hasta que un temporal terrible les rompió el mástil, se llevó los remos, quedando en la tormenta el pequeño navío boca abajo, los hombres agarrados como podían a los trozos de la madera destrozada.

Cuando llegó la calma casi de repente, como si el cielo se abriera tornándose azul turquesa, lograron darle la vuelta al barco, seguir navegando a la deriva en un mar en calma, sin saber donde iban, sin medios para enderezar el rumbo, atrapados por el destino y el imprevisible azar.

Paco no dejaba de temblar, una fiebre muy alta con intensos escalofríos, Amadeo le ponía paños de agua salada en la frente tratando de paliar la temperatura, comenzó a delirar, hablando en alto, rememorando las asambleas de trabajadores en las fincas de los terratenientes, las huelgas, las luchas intensas de los últimos diez años. En la noche comenzaron las convulsiones, echaba espuma por la boca, su cuerpo ardía hasta que agonizando le pidió al compañero por sus dos niñas robadas y vendidas por la Iglesia Católica, por su mujer encarcelada en el prostíbulo del Conde de la Vega y el cacique inglés dueño de los tomateros del sur.

Al rato ya estaba muerto, Amadeo lo abrazó, pasó así varias horas, hasta que el cuerpo comenzó a enfriarse como aliviado de tanto sufrimiento, lo dejó un buen rato tumbado en el rincón del pescado, sus ojos parecían mirar las estrellas, un cielo inundado de constelaciones y colores verdes y rojos, hasta que se decidió a arrojarlo al mar, lo cargó por el brazo, lo empujó hacia la oscuridad marina y en unos segundos se hundió, desapareciendo para siempre.

A la salida del sol la barquilla amaneció rodeada de tiburones, grandes aletas oscuras que daban vueltas alrededor como esperando el momento de la muerte, desquiciados seres en busca de comida, de aquel humano de dos patas que acurrucado y muerto de frío tiritaba bajo una manta rota. Amadeo veía venir el final, ese inevitable momento donde todo se acaba, recordaba a “la chiquilla”, como llamaba a su novia Esther Romero, la joven costurera de Cardones, con la que recorría las playas del norte en busca de conchas para la colección de la muchacha, los bellos instantes de amor en los solitarios recovecos de los acantilados de Agaete.

Había pasado tan rápida la vida, sus veinticinco años no eran suficientes, casi ya se entregaba resignado a la muerte, sentía un extraño placer, una paz inusitada, cuando escuchó unas voces, un acento distinto, hombres negros, rojos, azules que le sacaban de la semihundida embarcación, acostándolo en la cubierta de un buque inmenso que olía a madera y a selva, le dieron agua, un líquido fresco, de un sabor que solo recordaba de los manantiales del barranco de Azuaje, no hablaban español, su idioma era extraño, solo entendía algunas palabras, logró incorporarse y una costa repleta de vegetación le esperaba, surcaban la costa brasileña, había llegado al otro extremo del mundo, el no lo sabía, seguía pensando que estaba en África, lo envolvieron en una manta muy gruesa perfumada, como si varias mujeres hubieran dormido envueltas en ella durante meses en aquel paraíso de calor y placer. Seguía sin entender nada, sonrisas y rostros nobles lo acompañaron hasta el sendero de los sueños mágicos.

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Pintura de Martin Kippenberger (1953-1997)

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