domingo, 13 de marzo de 2016

Gaza está viva en Tamaraceite, Braulio espera justicia

Era tan chiquitito que apenas lograba alongar su cabecita en el borde de la cajita de madera, la que la pobre Lola García consiguió en la finca de tomateros de Los Giles.

El raquitismo de Diego era por hambre, por la tristeza de haber presenciado la muerte de su hermano Braulio, asesinado por los falangistas en Tamaraceite,  la detención y fusilamiento de su padre, Francisco González Santana.

Desde su pequeño espacio lo veía todo, no hablaba desde la noche en que arrojaron al bebé de cabeza contra la pared, se había quedado mudo viendo la sangre limpia. Don Juan Roque, el médico de la Casa de la Palma, decía que era normal, que la impresión había sido muy fuerte para un niño de tan corta edad. Diego no decía nada, solo miraba pasar la vida en su silencio incrustado en la piel del alma.

Dieguillo no hablaba, la vida transcurría pero no hablaba, prefería callar, un mendrugo de pan, el gofio amasado con plátanos maduros, la pella era una golosina, pero hablar era pecado en la mente de un niño destrozado, un alma pura víctima del genocidio fascista en Canarias, la entrañable claridad, pero en la Sima Jinámar seguían arrojando hombres y mujeres al oscuro abismo, la noche era una excusa para seguir matando, si, esa era, la podredumbre, el crimen fascista, Diego el pobre no entendía nada, solo sabía que su hermanito Braulio había muerto, si, asesinado por Eufemiano y su tropa de la brigada fascista, si muerto, asesinado, Lola, su madre, muchas Lolas lloraban, tristes, la muerte, la sangre inundaba ese espacio de ilusión e inocencia violado por aquellas bestias negras, azules, con galones de sangre, de muerte, mientras fraguaban el nuevo régimen entre banderas azules, rojigualdas, pura basura, pestilencia, halitosis criminal, pero el niño siguió sin hablar, seguimos todos y todas sin hablar, a punto de estallar, la noche sigue inundando la misma calle donde nos mataron, aquí seguimos esperando que se haga justicia.

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