lunes, 21 de marzo de 2016

El rumor de suplicios indefinibles

Los niños no dejaban de llorar, mientras abajo en el calabozo de Tamaraceite apaleaban a sus padres. Eran golpes secos, gemidos sordos, algo así como voces muertas hacía siglos, lamentos de años y luces, el fragor lejano de aquel universo olvidado por el Dios de los sicarios.

Los falangistas y miembros de Acción Ciudadana habían detenido a medio pueblo, hombres y mujeres comprometidos con la República, con aquella legalidad constitucional ahora cercenada, pisoteada, vejada por aquellos seres sin escrúpulos para matar y torturar. Pancho, Manuel, Antonio, Rosa, Matilde, Matías, Juan el alcalde y muchos más estaban detenidos, encerrados en los sótanos de la Casa Consistorial convertido en centro de tortura, desde allí les sacaban cada noche para golpearles en los inmensos descampados de Los Giles, en los tomateros de los Betancores, donde el verdugo de Tenoya destrozaba sus cuerpos con la pinga de buey bajo la atenta mirada de los terratenientes, de los guardias civiles y curas de Arucas, Moya y Firgas, que se unían a la fiesta de la sangre, donde las botellas de ron del charco y de caña dulce pasaban de mano en mano entre los asesinos, que gozaban viendo sufrir aquellos hombres, violando a las mujeres luchadoras, las que habían liderado las luchas contra la explotación obrera durante los últimos años antes del golpe de estado fascista del 36.

Dieguito, Carmita, Luiso, Estani, Tomasa, Laurita, Antoñillo, escuchaban en la carretera general los golpes, los gritos de los hombres y mujeres encarcelados en lo que fue hasta hacía unos día la casa del pueblo, el lugar donde resolver los problemas administrativos, donde pedir consejo para cultivar las tierras, asesoramiento sobre la Reforma Agraria, las clases de alfabetización, salud comunitaria, igualdad de género, derechos civiles. Un espacio de luz y color reconvertido en recinto de la sangre, el dolor y la muerte.

Los chiquillos veían entrar y salir a los requetés, falangistas, policías de tricornio con los uniformes manchados de la sangre de sus padres y madres, como entraban cajas de ron y cerveza, cherne guisado, papas sancochadas con mojo para la celebración en el viejo patio central junto a los despachos de los concejales republicanos condenados a muerte, la oficina de Carlos Mortes Rufino, el funcionario catalán encargado del fomento del empleo en el municipio de San Lorenzo, hombre de bien casado con en Tamaraceite con una vecina de La Montañeta, desaparecido a los pocos días del alzamiento, arrojado vivo como otros miles a la Sima de Jinámar.

Niños y niñas que se aciago día no jugaban, seguían apostados enfrente del recinto, del frontis repleto de banderas fascistas, pintadas con Vivas a Franco, a la Santa Cruzada, mientras abajo los hombres y mujeres sufrían las vejaciones. A Rosa y Carmen se las llevaron en un coche negro al centro de detención y violación de mujeres en la finca de la marquesa de la ciudad de la piedra de cantería, allá en el norte, donde serían víctimas de las violaciones colectivas de la soldadesca, de los falanges, que no tenían otra forma, aparte de matar, de desfogar su odio y satisfacer sus instintos criminales.

En ese agosto, de calor marino, los chiquillos no jugaron al tejo, a reconca, al trompo, a la cogida, al espadeo con tablas de madera, solo miraban con los ojos abiertos, escuchaban cuando el grito sonaba a la voz de sus amados progenitores. La calle era un hervidero, decenas de niños pequeños y grandes, niñas descalzas, desarrapadas, morenas como tizones, despeinadas, desnutridas, niños altos y bajos, sufriendo por primera vez en sus vidas el azote de una tristeza de la que jamás podrían librarse, incrustada en sus corazones puros para siempre.

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Franco en coche descubierto atraviesa Santa Cruz de Tenerife en 
1950./ FOTO ANTONIO BENÍTEZ (AFHC-FEDAC)

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