miércoles, 30 de marzo de 2016

El flujo de la barbarie

Lucía Montesdeoca se aferraba a su bebé de apenas dos semanas, retenida en el centro de detención de la calle Luis Antúnez, golpeada y humillada, sentada en el suelo en un rincón de la sucia habitación reconvertida en celda, se escuchaban los gritos de hombres y mujeres que en ese momento eran torturados, la mujer había perdido la noción del tiempo, llevaba tres días encerrada en la semioscuridad desde que la detuvieron en el barrio de Vegueta, cuando salía del consultorio médico donde se reunía con los pocos compañeros del sindicato que quedaban vivos.

Agosto del 36 corría tan rápido, la muerte sembraba de sangre cada rincón de la bella isla canaria, las fuerzas falangistas, la guardia civil, Acción Ciudadana y los militares iban casa por casa llevándose a toda persona con vínculos con el movimiento obrero, con el Frente Popular, con todo lo que pudiera sonar a cultura, educación o respaldo a las clases populares.

Era casi de noche, la puerta se abrió y entró el cabo Barber de infantería, uno de los jefecillos de Falange, un tal Perico Ruano de La Isleta, conocido por ser carpintero de rivera, justo en el momento en que Lucía le daba el pecho a su adorado pequeñín.

–Buenas tetas tiene esta hija de puta, -dijo con sorna el obeso militar chusquero que olía mucho a alcohol y sudor-

-Habrá que follársela, para que aprenda lo que somos hombres de verdad y no esos maricones, rojos de mierda, -arengó el joven Ruano entre carcajadas-

La chica con el pelo rubio enredado se acurrucó en la esquina como tratando de ocultar su desnudez, proteger al recién nacido, cerrando los ojos quiso que todo fuera un sueño terrible, una pesadilla como las que contaba su abuela Rosa Martín junto al fogón cuando era niña, cuentos de brujas y aparecidos en los vericuetos de la insula.

Los dos hombres uniformados se le acercaron, se sacaron sus penes y comenzaron a masturbarse en su presencia. Lucía escuchaba su respiración acelerada, un fuerte olor que daba mucha repugnancia, en ese momento entró otro falangista más viejo, el que limpiaba la sangre los cuerpos de la gente asesinada cuando los sacaban para trasladarlos en el “camión de la carne”. Comenzó a reírse a carcajadas al ver la escena, acercándose a la muchacha para quitarle el bebé, la chica comenzó a gritar y patalear.

-No me lo quiten por favor, no me lo quiten, haré lo que quieran pero no me lo quiten.

Los hombres no podían parar de reírse, Barber le dio una patada en la cabeza con la bota militar que la dejó semiinconsciente, la sangre salía por la cabeza abierta con una enorme grieta cerca de la ceja, el fascista limpiador del liquido rojo cogió a la criatura salvajemente por una pierna, el angelito lloraba, lanzaba gritos terribles, mientras su madre tenía convulsiones en el suelo repleto de colillas de cigarros Virginio, de escupitajos y orines.

El falangista de La Isleta le rompió el vestido, le quitó violentamente la ropa interior y comenzaron la violación, se iban turnando mientras el otro iba agarrando a la frágil mujer herida de muerte, la que gimiendo y agonizante se desangraba, mientras aquellas bestias disfrutaban con su cuerpo de madre reciente, de puro manantial de vida.

Al rato fueron entrando el resto de falangistas, la soldadesca que brindaba con ron de caña, una violación colectiva entre los gritos de los hombres y mujeres torturados. En una parte perdida del centro de detención se escuchaba el llanto del pobre Enriquito, que envuelto en una manta era sacado por dos monjas hacia el centro de auxilio social del otro extremo de la ciudad.

Hacía rato que Lucía estaba muerta, pero los hombres vestidos de azul, de gris, de verde, de marrón, armados, portando correajes, la seguían violando, golpeando, amenazándola, pateándola, escupiéndola, hasta que se hizo el silencio y uno de los facciosos descubrió su rigor mortis, los ojos verdes abiertos que seguían mirando a la puerta por donde se llevaron a lo que más quería en el mundo, su hijo, el hijo del concejal comunista, Pedro Dumpierrez de 24 años, su marido arrojado a la Mar Fea el 29 de julio dentro de un saco de plátanos. 

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Gobierno de Burgos con Francisco Franco y Emilio Mola acompañados 
por militares, falangistas y la Guardia Civil.

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