viernes, 11 de marzo de 2016

Cuando el recuerdo huele a pólvora y barricada

De la Casa Verde se iban a Santa Ana a fumarse los porros sentados en los bancos junto a las Casas Consistoriales, un día Germán vio como un señor mayor lo miraba, el muchacho de Zarate iba acompañado de Marina, la chica encargada de las proyecciones de cine en la casa ocupada. El viejillo se les acercó despacito, encorvado, con un bastón de madera corroído por el peso de los años.

–¿Sois anarquistas compañeros?

Los jóvenes se le quedaron mirando, la chica esbozó una sonrisa, el hombre dijo que se llamaba Antonio Villalobos, de casi noventa años, que venía del exilio, pasando más de cincuenta años entre Francia y la Argentina.

Los tres sentados entre el vuelo mágico de las palomas que subían y bajaban de las impresionantes torres de la catedral de Las Palmas, Antonio se interesó por la lucha en la casa ocupada, por las asambleas, si hacían acciones directas, los jóvenes contestaban pausadamente, se sentían atraídos por la paz que trasmitía el anciano, la mirada penetrante, el encuentro de dos generaciones perdidas en la nebulosa del tiempo, el recuerdo de tantos años, la distancia inconcebible, inimaginable que iba de la guerrilla contra el franquismo a las manifestaciones por la insumisión, contra el servicio militar de la falsa y corrupta democracia española.

Marina abrió la litrona de cerveza Tropical, Antonio no quiso, dijo que no bebía hacía muchos años, desde que le detectaron el cáncer de próstata en el hospital de la periferia de Tarragona, cuando vivía en la comunidad autogestionada de la montaña perdida, donde intentaron organizar la resistencia contra el franquismo, hasta la noche que los detuvieron a todos y mataron a Quico, a Solange y a Jon el vasco, logrando escapar el resto a Francia por la parte más oscura, abrupta y violenta de los Pirineos.

La noche caía sobre la vieja plaza, la ciudad colonial se inundaba de sombras y luces tenues, callejuelas inescrutables, la sombra de un pasado remoto, represor, asesino, amenizaba un encuentro inesperado, cargado de la fragancia del combate a muerte contra un sistema criminal.

Antonio contaba la historia de cuando vivió en Tenerife en los años treinta, el estallido del golpe de estado, la detención y fusilamiento de todos sus compañeros de la CNT, de cómo estuvo evadido en los montes de Anaga, entre Taganana y Tegueste, sobreviviendo en los insondables bosques de laurisilva, alimentándose de los frutos del bosque, de la leche de las cabras salvajes, de la carne de algún conejo que lograba capturar con las trampas construidas con troncos y cuerdas viejas.

El momento de la evasión en el barco ruso, polizón durante semanas bajo las enormes cajas vacías con olor a trigo y avena, los duros años del exilio, su integración en los grupos libertarios de la Patagonia, la lucha armada contra las empresas inglesas que pretendían explotar y masacrar a los escasos indígenas del sur del sur.

Eran casi las doce de la noche y seguían hablando, Germán tenía que irse, era la hora de turnarse con su primo Fernando en el cuidado de su abuela enferma, los tres se levantaron, se dieron un abrazo.

–Salud y libertad –dijeron-

Antonio enfiló hacia el barrio de San José, los dos jóvenes se quedaron viendo como se perdía por las intrincadas calles de Vegueta, no lo vieron más, al día siguiente volvieron a la misma hora, nunca más supieron de aquel combatiente, a los pocos años en una exposición sobre el movimiento libertario en la casa ocupada lo encontraron en una foto junto a Durruti, parecía sonreír entre hombres armados, resistían al fascismo en las calles repletas de barricadas de la Barcelona liberada.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es/

No hay comentarios:

Publicar un comentario