domingo, 28 de febrero de 2016

Sueño triste de Nitassinan

El joven Kutuasht vagaba por la autopista del diablo, la nieve cubría el arcén y las oraciones no le habían servido para nada, el Consejo de Ancianos hacía años que no se reunía , desde que la policía canadiense entró en los sucios barracones, llevándose a los jóvenes guerreros entre golpes y cadenas. Sheshatshiu suspiraba en la humilde escuelita, sabía que era el único pueblo del planeta donde los niños se suicidaban de tristeza, esnifando gasolina, consumiendo las nuevas “drogas milagrosas”, viendo a sus padres alcoholizados, el maltrato, las palizas, la violencia desmedida en el seno de sus humildes familias.

La vieja maestra sabía de dónde venía todo, cuando en los años cincuenta la Iglesia Católica y el mal gobierno les obligaron a dejar de ser nómadas y sedentarizarse, abandonar la caza de las nutrias, los osos, los puercos espín, la recolección de bayas, la pesca, la persecución de las manadas de caribúes, de las que obtenían todo (el alimento, las armas, las ropas, las herramientas esenciales, el cálido refugio). Las inmensas ganas de seguir viviendo en los nutshimit (1), mientras el Gobierno entregaba sus tierras a las concesiones mineras, la construcción masiva de carreteras, todo tipo de proyectos hidroeléctricos.

Aquellos tiempos de los viajes épicos por los cauces fluviales helados de Nitassinan (2), andando sobre raquetas o arrastrando los trineos, navegando en canoas cuando el hielo se derretía entre aquellos parajes mágicos y vírgenes, habitando durante milenios en el paraíso antes de llegar el hombre blanco y sus “conquistas”, los genocidios, las oleadas de colonos destruyendo los bosques eternos de abetos y coníferas, contaminando los lagos y ríos, extinguiendo a los animales en cazas masivas, incendios y la creación de todo tipo de industrias perjudiciales con la madre tierra.

Kutuasht regresó a la derruida choza junto al muro de hormigón de la fábrica abandonada, la factoría todavía impregnada del penetrante olor. Su hermano Atshitashuna se pinchaba la dosis diaria de heroína, ya no tenía venas en los brazos y lo hacía en la pierna, junto al talón de Aquiles, en la pared un cartel arrugado y viejo, la imagen de las manadas del norte arribando al lago de la vida, ahora inundado de bolsas de plástico, residuos fecales, mercurio, animales muertos flotando entre los árboles secos.

Por un instante sintió los cantos de los antepasados, un ritmo ancestral más allá del horizonte de papel, el olor penetrante del pescado asado, el brillo de las hogueras en la llanura, cuando al llegar la noche llamaban a los niños para que se sentaran a escuhar los cuentos diarios, leyendas ancestrales de animales mitológicos, carros de fuego entre la aurora, justo antes de la primera nevada, guerreros inmortales reuniendo estrellas más allá del infinito.

(1) "El campo".
(2) Es la patria ancestral de los innu, pueblo indígena del oriente de Quebec y Labrador. Significa "nuestra tierra".

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es/

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