viernes, 12 de febrero de 2016

La vocales del alma

Veía en la televisión a Esperanza Aguirre burlándose de las víctimas del franquismo, la pobre Juana Rodríguez sufrió la muerte de sus cuatro hermanos, que se los llevaron de Gran Canaria para asesinarlos junto al río Duero, jamás entendió a sus 95 años que desde el Partido Popular sus Florianos, Cospedales, Mayores Orejas, Casados, Rajoys, Hernandos, y otros franquistas de la banda, ridiculizaran a las personas que habían sufrido los brutales asesinatos fascistas desde el golpe de estado del 36.

En su cama postrada desde la trombosis se entretenía hablando, contando cuentos a sus nietillas que venían cada sábado hasta la vieja casa del barrio de Escaleritas, sentía en su piel aquellos tiempos de sangre y dolor, los miles de asesinatos en toda la geografía insular, los “paseos” de las “Brigadas del amanecer”, llevándose hombres y mujeres a un destino desconocido, a los pozos, simas, fosas comunes y el frío fondo del mar, donde los desaparecían para siempre.

La mujer no entendía que el gobierno español no respetara la memoria de las personas asesinadas, que toda aquella tribu imputada en su mayoría por corrupción se carcajeara del dolor y el sufrimiento de millones de familiares, odiaba a la vieja lideresa del partido fundado por el ministro de Franco, un tal Fraga Iribarne, el mismo sátrapa que había firmado sentencias de muerte, lanzando a la criminal policía del régimen en Vitoria para asesinar a los trabajadores en huelga.

Una tarde de junio vino a visitarla un amigo de sus hermanos, Fermín Moreno, antiguo miembro del Partido Comunista en la clandestinidad y del Socorro Rojo, su nombre le sonaba de cuando era muy pequeñita, una cara conocida que entraba y salía de la vivienda con sus hermanos, la casa del municipio de Galdar donde vivía con sus padres.

El hombre traía un mensaje, una carta firmada por Carlos, el hermano menor, horas antes de ser asesinado con solo 17 años, la letra que ella todavía recordaba, las vocales de escritura infantil, la tierna forma de expresarse de aquel ser querido perdido en la nebulosa del tiempo.

“(…) Horas antes de mi ejecución quiero brindar mi vida a la causa de la clase trabajadora canaria y española, a mi querida familia, a mi adorada hermana Juanita, a los hombres y mujeres decentes, honrados y nobles de mi pueblo ¡Viva la clase obrera! ¡Viva la República!...”

Las lagrimas y el abrazo de Fermín en la soledad de la humilde estancia, roja por dentro como la sangre, roja de su gente, sus hermanitos queridos bajo bandera, amortajados en el fondo arcilloso del río sepulcral, infinito como las estrellas más lejanas del universo.

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