jueves, 25 de febrero de 2016

La parte más sentimental del alma

Junto al Pilar de Tamaraceite, la fuente de agua donde todo el pueblo recogía el liquido elemento, el niño Ponce se lavó la cara, trataba de refrescarse después de la dura caminata desde el campo de concentración de La Isleta, allí había visto a su padre tras las alambradas, lleno de piojos y desnutrido, con el cuerpo repleto de magulladuras y golpes por las constantes torturas de los militares y falangistas.

El chiquillo bajaba de madrugada todos los jueves con su madre Luisa Medina y su hermana Rosita recién nacida, el largo camino olía a hojas secas de platanera, a tierra revuelta y mojada, sabían lo duro que era ver al pobre Juan Travieso, la cabeza de una familia destrozada, con el incierto futuro de ser desaparecido en cualquier momento, asesinado por su militancia comunista en cualquier rincón de la isla redonda.

Poncito, como le llamaban los vecinos, entró a la casa, abrió el roperillo y dentro había un trozo de pan duro, cuatro dátiles y un vaso de gofio, su madre se había quedado retenida por los falangistas en El Puente, a el lo dejaron marchar. Los grupos de nazis a la española siempre hacían lo mismo, molestaban a las mujeres de los presos, de los fusilados. Las acosaban pidiéndoles favores sexuales, tipos conocidos de toda la vida, que hasta hacía unos meses les saludaban por la calle, en su mayoría borrachos porque desde muy temprano bebían gratis en todas las tiendas de aceite y vinagre, podían entrar en cualquier casa, registrarla, humillar a las familias, detener a cualquier persona, llevarla donde quisieran con permiso para matar.

El niño se sentó en la mesita de la vieja cocina junto al fogón y el hornillo de petróleo, saboreó el pan duro, un solo dátil para dejarle el resto a su madre, la barriga le daba retortijones como cada mediodía, el hambre evidente, ese que se incrusta en la conciencia, la tristeza de no tener nada, de haberlo perdido todo desde que se llevaron a Juan, a su amado padre aquella noche, la madrugada de agosto del 36 cuando entraron los de la “Brigada” arrasando por todo, hasta por la cabra majorera que se llevaron, las cuatro gallinas, los pocos huevos de la despensa, el saco de papas.

Al rato entró su madre tratando de disimular el corte que llevaba en la cabeza, la sangre dejaba gotitas tras su paso y el niño corrió a abrazarla, la mujer lloraba, la habían golpeado entre varios de los falangistas por negarse a sus imposiciones, los dos se acostaron en el camastro de matrimonio, el niño limpió su herida con el paño húmedo, se abrazaron en la soledad mirando al techo de caña y barro, pasaron varias horas, se durmieron, despertaron casi cuando comenzaba a llegar la noche, casi no hablaban porque no era necesario, bastaba con acariciarse para conocer la infinita rutina de los sueños.

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