lunes, 29 de febrero de 2016

La otra ventana del calor

En la encarcelada realidad del verano esperaban como el sueño de abril se divisaba, Manuel, Felisa, Rogelio, Tomás, Alicia, Cosme, Teresa, Damián, no se imaginaban que en menos de tres meses estarían muertos. En la alegría de aquella playa y su arena limpia no se apreciaba que a pocos metros seres indignos conspiraban para matar, para masacrar a miles de personas que solo creían en un mundo mejor, terminar de una vez con la miseria y el hambre ancestral, desterrar para siempre el tener que sobrevivir al servicio de los dueños de las islas, familias de asesinos que desde la conquista se dedicaron a matar, robar, explotar, abusar de su desmesurado poder, permitido, avalado por un país de reyes y reines psicópatas, corruptos, podridos, dispuestos a todo para mantener un estatus quo sangriento, cruel, tiránico, basado en la muerte, en el sufrimiento de la mayoría de la sociedad española y canaria.

Todo fue tan rápido, el gobernador republicano no quiso repartir las armas que le pidieron los luchadores. En pocas horas los fascistas comenzaron a sacar gente de sus casas en la calurosa madrugada, no era todavía 22 de julio del 36 cuando ya la muerte inundaba cada rincón de las islas desafortunadas, se tejía el laberinto más terrorífico desde los tiempos de los criminales Pedro de Vera, Juan Rejón y otros genocidas pagados por la corona española. Era el único precedente cercano con mayor cantidad de sangre regando las fértiles tierras insulares, cuando los aullidos de dolor quebraron el silencio de siglos de las montañas y playas perdidas, donde solo habita el viento, las águilas y la fina llovizna que riega su manto de luz.

El grupo de jóvenes, chicos y chicas de Guanarteme, La Isleta, Arenales, se conocían desde niños, estudiaron juntos en la escuelita de Don Juan, se interesaron desde la adolescencia por el movimiento libertario, jamás pensaron que luchar por mejorar las condiciones de vida de su pueblo podría tener consecuencias tan brutales. Jugaron con el sol, los clavos y las pelotas de los ingleses en la explanada del muelle, se enamoraron en las taifas, en las carreras por los montes de Tamadaba, murieron juntos en el mismo agujero volcánico, cuando la medianoche ya no fue excusa para los besos y la sangre, solo labios rotos y ojos abiertos mirando al sol desde el siniestro abismo.

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Samaranch, Martín Villa y otros fascistas festejando el golpe
 de estado del 18 de julio en 1974

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