domingo, 14 de febrero de 2016

El líquido veneno

Dijo Santiago a los ojos brillantes de Jane, que si no hubiera dejado de amar a Teresa, Lucía no hubiera nacido, que si aquella noche de lluvia no hubiera partido llorando por la playa desierta, invadida por las olas más terribles, seguramente Nereida no hubiera conocido en el rastro del puente a Pablo, del que años después tuvo a Carito, el niño dorado de la selva encantada.

Escuchaba a Lennon tanto tiempo después de su muerte, en su exilio interior no dejaba de recordar cómo empezó todo, que la vida no es más que un sortilegio de sueños, una enredadera de sentimientos, tenues, abrazados al recuerdo de los viejos amores. Jane, Teresa, Lucía, Nereida, la madeja infinita del destino, acorralada bajo el manto color ceniza, el olor de las flores.

Los tiempos terribles de la dictadura, cuando todos se marcharon y lo dejaron solo, la brutal tortura de la esperanza, el instante preciso en que la perdió para siempre, allí refugiada, escondida en la isla encantada, la que libraba del dolor y las duras sesiones de los verdugos.

Jamás se arrepintió de no haber dicho nada, ellas los sabían, prefirió dejarlo todo, no escapar, afrontar la muerte y los afilados fuegos de la corriente, la que recorrió su frágil cuerpo en el centro de detención, donde los años y el tiempo dejaron de existir, el liquido veneno del silencio, la arrolladora claridad en los ojos limpios de la mujer de sus sueños.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es/

Pintura de Mario Albarracín (Tucumán, Argentina)

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