miércoles, 10 de febrero de 2016

El aliento de las flores

La bandera roja la guardaron en el fondo de la caverna del negro barranco, bien doblada sobre la cajita de madera con las listas de afiliación al partido, allá en la selva de laurisilva de Valsendero, donde el agua destilaba de las ramas verdes de la foresta, Alicia Granados, la más joven del grupo, quiso abrazar a los camaradas que partían hacia las montañas de Valleseco, pasando Lanzarote (1), camino de la incierta cumbre de la isla redonda, los tres muchachos tenían el pecho fuerte, los brazos de acero de una vida entera trabajando la piedra en el noble oficio de pedreros, constructores de sueños en las canteras de Arucas y San Lorenzo.

Trémula la chica se quedó abajo, quieta, paralizada, temblorosa, frágil, como esperando que todo aquello fuera un sueño terrible, la pesadilla de la que solía despertarse en su casita de tejado en el peor momento, cuando la negra bruja estaba a punto de agarrarla, el tierno abrazo para llevársela, la noche hechizó en un instante el bosque universal, la brisa venía del mar más helada que nunca, el presagio comenzaba a envolverla, inundando de dolor lo más profundo de su alma.

Los instantes felices se diluían en una nube de tristeza, los fascistas comenzaban a matar a miles de canarios, casa por casa sacaban a los hombres y mujeres para desaparecerlos después de brutales torturas. Alicia solo miraba, ya no se veía a sus camaradas, probablemente ya hubieran alcanzado las altas montañas entre retamas y pinos, oliendo a incienso moruno, al romero salvaje de la libertad perdida.

Caminó despacito, sin rumbo, hacia el pueblito, pensando en todo lo que habían vivido aquellos años, las luchas sindicales, las huelgas en las haciendas de los terratenientes, los pequeños triunfos con la llegada de la República, la esperanza de cambio, los avances sociales, el reparto justo de la tierra, la reforma agraria, el voto femenino, aquella libertad que inundaba cada rincón de aquel abismo de esclavitud y miseria.

Triste la muchacha atravesó el umbral de la puerta, allí estaba su abuela Rosa, sentada con la mente en un mundo desconocido, el semblante alegre de verla llegar, como si supiera que algo terrible estaba a punto de suceder, la noche más terrible, la sangre bajando por la calle del agua, signos indescriptibles que anunciaban la llegada por la carretera vieja de los camiones repletos de falangistas.

Alicia se sentó junto al fogón con el caldo de cilantro al fuego, su madre no le dijo nada, solo se miraron calladas a los ojos verdes, calcados como si fueran gemelas. En silencio esperaron que los hombres armados golpearan la puerta, lo importante era seguir juntas hasta el instante de la separación definitiva, la tenue luz azulada seguía entrando por la pequeña ventana, la del olor a flores y café mañanero. En un instante imprevisto la niebla inundó el barranco más oscuro, las campanas de la iglesia sonaban más fuertes que nunca, la intensidad del sueño imposible, como inacabado, se llevó para siempre la linda sonrisa de la muchacha, solo quedó el libro arrugado de Lorca sobre la mesa del patio bajo la higuera centenaria, las lagrimas de la abuela besaron el suelo de tierra colorada, regando la tierra de sus ancestros.

(1) Barrio de Valleseco, isla de Gran Canaria.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es/

Pintura incluida en la exposición 'Memoria y sexualidad de las mujeres
 bajo el franquismo' exhibida en 2010 en Madrid.

No hay comentarios:

Publicar un comentario