sábado, 27 de febrero de 2016

Desde el corazón de lo sagrado

Kopenawa y Kapana miraban asustados como cruzaba el cielo otro carro de los dioses, los niños observaban atentos como su abuela Rakidana mordía la cabeza de los peces adormecidos por las hojas mágicas, la sombra eterna de la selva profunda les protegía de los grandes monstruos herrumbrosos de los hombres blancos.

A pocos kilómetros del espacio ancestral Saulo Veloso iniciaba la expedición financiada por la Corporación de la gran nación de la muerte, la que llevaba años devastando bosques enteros, buscando gas, petróleo, oro, caucho, las entrañas de la madre tierra eran violadas por miles de hombres cegados por la codicia, destruyendo la vida de sus hermanos, parientes cercanos de cada comunidad indígena, desaparecidos por el fuego que salía de aquellos tubos de hierro que hacían tanto ruido, que espantaban los animalitos, contaminando las aguas con un veneno mortal que mataba en menos de dos lunas a pequeños y mayores.

La vieja sin casi dientes habló, pidió a los niños que se acercaran con el pequeño mono mascota, les pidió prudencia, no salir de la zona sagrada, del lugar donde habitaban, aquel que nunca había sido pisado por los hombres de los ropajes extraños, donde vivía el misterio más remoto y desconocido de su larga historia. Les habló de los antepasados, de cómo llegaron del norte, atravesando el hielo durante siglos, para luego sufrir el calor sofocante, el desierto donde nunca llovía y había extrañas figuras gigantescas en el suelo, solo visibles desde las más altas montañas o desde las naves de fuego.

Los dos escuchaban curiosos, en silencio, Rakidana reía, bromeaba sobre la mucosidad que rodaba por los labios y barbilla de los pequeños, de repente se ponía seria, alzaba los brazos arrugados, sus pechos moldeados por la antigua lactancia se movían, parecían latir cuando hablaba de su hombre, de cómo lo conoció en el gran rio, cuando todavía la madre selva estaba libre y se podía recorrer sin miedo, los tiempos en que visitaban a sus hermanos de más allá del horizonte, los que cultivaban la tierra y no necesitaban abandonar el shabono (1) como ellos cada cierto tiempo, parecían habitar desde siempre aquellas tierras fértiles, desde cuando los invasores retrocedieron hacia las costas del agua salada, allí en el lugar donde los poblados no eran de madera y ramas, rocas inmensas repletas de agujeros y humo, la del sueño del anciano que hablaba con los muertos, que avisó antes de morir de la llegada de los tiempos más terribles, el arribo de otros como el sicario Veloso, las epidemias, el genocidio, las violaciones de las mujeres y las niñas, el alcoholismo, el desarraigo, el derrumbe de su universo, el que la anciana trataba de mantener vivo mirando el fondo de aquellos ojos puros, la claridad de la resistencia.

(1) Cabaña utilizada por los pueblos Yanomamis de la Amazonía, de forma cónica o rectangular, rodean un espacio central abierto.

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Mujeres y niños Huaorani inspeccionando el pelo en busca de piojos. Vince Smith

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