lunes, 18 de enero de 2016

La inmensidad del dolor eterno

Santiago Rodríguez, decía en la oscuridad del alpendre que los mayores criminales habían sido los hijos del Conde y de la Marquesa, el empresario tabaquero, los terratenientes ingleses del sur y el norte de Gran Canaria con apellidos raros, difíciles de pronunciar, ellos los llamaban “Chonis”. El viejo pastor lo comentaba en voz muy bajita mientras ordeñaba las cabras de la viejita Florencia, el diminuto espacio olía a estiércol y queso curado. La ausencia de los miles de camaradas asesinados por los fascistas presidía cada mañana el encuentro de los cuatro amigos.

Indalecio Valerón, encendía la pipa con dificultad, el buen olor a tabaco negro recolectado en la zona inundaba la estancia, un aroma agradable que parecía dar el ambiente adecuado para la charla. Todo había sido terrible en los últimos años, solo habían escapado ellos del asesinato en esa zona, todavía no sabían bien porqué, quizá un golpe de suerte, el destino o las causalidades, el caso es que todavía seguían vivos, recorriendo las calles de los Llanos de María Rivera, observados por supuesto, veían a los falangistas recorrer en sus vehículos las fincas de los terratenientes, pero en ningún momento les indagaron, solos miraban con ojos rojos de odios y sangre, a veces los seguían y anotaban en las casas que entraban, con quien hablaban, hasta con quien sonreían y bromeaban.

El párroco, Don Pablo Ruano Sevilla, más conocido como “Sotana de sangre” por su participación en los asesinatos de rojos, los obligó a ir a misa dominical, a confesar, a tomar “la puta comunión como decía Periko “El Vasco”, pero nada más, por lo que podían dentro de aquel inmenso terror hacer vida “normal”, trabajar en lo que saliera, en las plataneras, en los tomateros, en la brutal zafra de los derechos de pernada y la violaciones masivas de mujeres por los encargados del Conde de la Vega y los Betancores, acompañados por el empresario del tabaco el criminal de lesa humanidad y psicópata Eufemiano F.

El alpendre era el lugar de encuentro, la excusa del aislamiento en medio del barranco, la inmensa arboleda cubría aquel espacio de extraordinaria belleza, el canto de los pájaros armonizaba el ambiente, los capirotes, los canarios del monte, los pintos, los linaceros, el sonido gutural de los alcaudones persiguiendo a sus presas, el lugar de la magia, único espacio de paz para aquellas almas atormentadas, sufridas por haber sido testigos de la muerte de su gente más querida, amigos, hermanos, compañeros de lucha.

Dionisio Prieto cortaba cada día un poco de queso duro, picante, sacaban la vieja botella de ron blanco artesano del charco, se echaban unos pizcos y troceaban pan bizcochado, siempre poca cantidad, un trocito minúsculo para cada uno, separado escrupulosamente por Diego el de Lolita Cabrera, la muerte rondaba, aquel olor a sangre no se iba del ambiente, se palpaba el miedo, los ojos vigilantes de los asesinos esperando volver a matar como lobos hambrientos.

La tarde llegaba, inundaba de brisa y niebla el riachuelo de agua permanente, fría como el hielo de las cumbres, los hombres regresaban callados, nunca hablaban, las palabras parecían haber sido tragadas por la inmensidad del dolor eterno.

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Alpendre a principios del siglo XX en Arucas.

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