lunes, 25 de enero de 2016

La huída de Carla y Martinita

Carla Ramírez subía a toda prisa el barranco de Guayadeque a la altura de Cuevas Muchas. Avanzaba rápido, mojada y llena de barro con su niña en brazos bajo la lluvia, la bebita de solo once meses se aferraba al pecho de su madre, al escaso calor, al sudor del miedo. En el pequeño bolso una foto enmarcada de Pedro Morales, su joven marido asesinado, arrojado a la Sima de Jinámar por los fascistas el día anterior.

Esa misma noche decidió salir de su casa y escapar antes de que también se la llevaran, que su niña acabara vendida por la Iglesia Católica a cualquier familia de Falange, que como a otras mujeres republicanas las tuvieran varios meses retenida para satisfacer los deseos sexuales de cualquier asqueroso criminal sedicioso, encerrada en alguna de las mansiones de los terratenientes ingleses del sur de Gran Canaria y del Conde de la Vega, hasta el momento en que decidieran asesinarla, arrojarla al mar dentro de un saco atada de pies y manos, tirada en un pozo, en algún agujero volcánico.

La muchacha de solo 22 años seguía escalando, no era normal aquella lluvia en pleno mes de agosto del 36, el liquido elemento recorría su columna vertebral, le congelaba el alma subiendo la inmensa cuesta hacia la Caldera de los Marteles, la niña no lloraba, Martinita se mantenía firme, parecía comprenderlo todo, que aquella huída desesperada era la única salida posible hacia lo desconocido, caminando sin parar, subiendo hacia el frío tétrico de la noche más oscura de su vida.

Se paró unos minutos a descansar en una repisa de la montaña y más abajo se escuchaban gritos, voces de hombres que interrogaban a los vecinos sobre si la habían visto pasar, nadie decía nada aunque la hubieran visto, varios furgones y coches subían, las luces parecían luciérnagas terribles en medio del barranco sagrado, aquel que los antiguos canarios utilizaron para momificar y enterrar a sus muertos. En ese momento supo que la perseguían, que si hubiera salido de su casa media hora más tarde ya la hubieran detenido, que ya le habría quitado a su niña para siempre.

La pobre Carla aceleró el paso, sus piernas, sus muslos desnudos por rompersele el vestido negro, resentidas por el enorme esfuerzo, repletas de cicatrices sangrantes por los numerosos cortes de las zarzas, las varias caídas que ya había tenido siempre tratando de evitar que Martina se hiciera daño. Aceleró y según lo hacía cada vez parecía más lejano el bullicio, eligió una de las rutas de subida, había varias, tenía la esperanza de que los expertos falangistas y guardias civiles conocedores de la zona no subieran por donde subieron ellas, que les perdieran el rastro para poder desaparecer en la cumbre entre los pinares más tupidos.

Llegó un momento en que no sabía donde estaba, la cuesta era mucho menos empinada, el viento le azotaba la piel y le enredaba su hermoso pelo rubio ahora sucio y mojado, la niña seguía calladita, agarrada, aferrada a su pecho, no se dormía, estaba expectante, consciente en su inocencia de que algo terrible sucedía mientras el sol salía rojo desde el mar, comenzaba el amanecer y contemplaron el inmenso bosque de alta montaña, la frondosidad infinita inmersa en el mágico mar de nubes, Martinita se relajó, dijo algo parecido a “Teta mama”, pegándose al rojo pezón con un hambre ancestral, sacando el cálido sustento, que parecía llenarle las venas de placer y energía, un fruto de amor que inundó su sangre de esperanza.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es/

 Mujeres y hombres con sus bebés huyendo de los asesinos franquistas,  
fotografía tomada en un punto muy cercano a las afueras norte de Cerro Muriano ,
proximidades de la vía ferrea  (Cordoba-Amorchón), septiembre del 36.

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