sábado, 23 de enero de 2016

El rastro de la sangre

La pobre Pilar bajó presurosa la cuesta del barrio de San Juan y ya sabía que habían fusilado a su marido Pablo, iba directa al cementerio de Las Palmas con la esperanza de llegar a tiempo para ver el cadáver antes de que lo arrojaran a la fosa común, la habían avisado de que el “camión de la carne” ya salía del campo de tiro de La Isleta cargado de hombres asesinados, dejando un reguero de sangre por toda la calle Faro, avanzando por Triana mientras todo el mundo veía el liquido rojo como una especie de marca, de señal de que lo más siniestro y brutal de la especie humana ahora tomaba las riendas del poder, seres sin escrúpulos para asesinar masivamente, para destruir la esperanza de todo un pueblo.

En la entrada del recinto mortuorio estaba la guardia civil y numerosos falangistas armados hasta los dientes custodiando la entrada, Pilar dijo que era la mujer de Pablo Martel, uno de los sindicalistas fusilados hacía solo unas pocas horas, que quería ver su cuerpo antes de que lo enterraran. Uno de los guardias muy alto y gordo con acento penínsular la increpó algo que no entendió, ella siguió insistiendo y uno de los falangistas la golpeó por la espalda en la cabeza con la pistola, al momento todo se le oscureció, notó el golpazo, la sangre que salía a borbotones, mientras en el suelo era golpeada por el obeso miembro de la benemérita con una vara de acebuche.

En la acera de enfrente otras familias miraban asombradas, todas esperaban ver llegar  a sus muertos, una señora de Tamaraceite comenzó a insultar al guardia, a pedir a gritos por su marido también fusilado,  siendo detenida de forma inmediata, introducida en un coche negro con dos hombres bien vestidos dentro, arrancando a toda velocidad hacia un destino desconocido.

Pilar desde el suelo no sabía que harían con ella, observaba todo, las manos atadas a la espalda con la soga de pitera, la ropa destrozada, tirada boca abajo sobre un charco de su propia sangre vio la llegada del camión, como iba dejando la estela roja y brillante, 50 cuerpos dentro amontonados unos sobre otros, un fuerte olor a muerte que inundó al instante el barrio de Vegueta, las familias no se atrevían a decir nada, solo miraban desde la otra acera, oteaban esperanzadas con ver un rostro conocido entre los muertos, encontrar al ser querido, la posibilidad de despedirlo, al menos con una mirada clandestina, antes de que lo enterraran para siempre bajo la tierra salada al lado de la playa.

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Ex ministros franquistas buscados por la Interpol por crímenes de lesa humanidad
protegidos por el actual régimen español en 2016

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