miércoles, 20 de enero de 2016

El presagio del agua

Los llevaban barranco de Tamaraceite Abajo a los cuatros muchachos de la CNT, todos bien atados por el cuello con cadenas, las manos a la espalda con las muñecas casi rotas por la soga de pitera, el verdugo de Tenoya se encargaba de azotarlos salvajemente con la pinga de buey, venían desde cerca de La Milagrosa dándoles leña sin parar, dejaban tras de si un reguero de sangre y vómitos.

–¿Les sigo pegando mi amo? –Preguntó el tenoyero mayordomo de los Betancores en los tomateros de Los Giles-

-Arráncales el pellejo a estos hijos de puta, -afirmó tajante el tabaquero Eufemiano-

La caravana de la muerte atravesó aquel bosque repleto de charcas, donde las delgadas anguilas que subían cada invierno desde el mar parecían presagiar lo más terrible, el final de un sueño, algo así como la noche eterna entre la salinidad infinita de la sangre inocente.

Pedro, Carlos, José Juan y Alberto, solo sentían el inmenso dolor de los golpes, las heridas abiertas, mantenerse en pie y poder andar hasta el destino final era su único objetivo, sabían que los iban a matar, que de allí no existía salida posible, solo sufrir, que la muerte llegara cuanto antes como una suerte a la sinrazón. No habían hecho nada, solo defender a la clase trabajadora, participar en las huelgas de las grandes haciendas de los terratenientes, concienciar a la gente humilde de que un futuro mejor era posible, libertario, con igualdad de derechos entre hombres y mujeres, que se acabara aquella terrible explotación, el trabajar de sol a sol por un par de monedas, aguantar los abusos de los patronos, el derecho de pernada laboral ejercido por aquella pandilla de corruptos contra las compañeras.

Cuando llegaron a la carretera general dos de los muchachos ya estaban muertos, Carlos y Pedro seguían resistiendo no sabían como, detrás los falangistas iban envolviendo los cuerpos en sacos de plátanos, parecía una especie de ritual siniestro ejecutado por bestias cuyo único fin era generar dolor y matar. El tabaquero dio la orden de dispararles en la nuca a los dos jóvenes, lo podía haber hecho mucho antes, desde que los detuvieron en la cueva cruciforme del barranco del Acebuchal, pero no lo hicieron, esas eran las ordenes, matar pero haciendo sufrir hasta el último instante.

Los uniformados alborozados y tomando ron de caña metieron los cuatro cuerpos en un pequeño camión, Eufemiano dijo algo de la Sima Jinámar, en menos de cinco minutos no quedaba nadie en la vieja carretera de tierra, solo restos de sangre, varios zapatos, unos calcetines impregnados de sudor, una cedula de identidad arrugada, nadie en la calle, ni un solo ruido, solo el viento que removía las palmeras junto al cauce de agua y barro colorado.

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Cadáveres de republicanos asesinados tras la toma de Toledo 
por los franquistas. 1 de octubre 1936.

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