domingo, 27 de diciembre de 2015

La niebla de la conciencia

Mancha, el hermoso y noble perro dálmata de mis amigos Nieves y Octavio, no dejaba de acercarse al lugar exacto, preciso, donde los fascistas tiraron a cientos de hombres y mujeres en la Sima de Jinámar. Volvía una y otra vez al mismo punto, “la bajada de la muerte”. Olía, miraba el abismo, parecía saberlo todo, captar la energía del inmenso dolor, como si un sexto sentido le desvelara todo lo que sucedió, la inmensa maldad del ser humano, el brutal genocidio cometido sobre un pueblo libre y fraterno.

Era incapaz de indagar en otro lugar, siempre el mismo sitio, la bajada, donde tiraron a cientos, quizá a miles de hombres y mujeres. El perro rondaba el peligro, yo sabía que no se caería, aunque sus dueños se preocuparan tanto, solo trataba de definir en su mente de animal no humano lo que allí había sucedido, quizá no entendía porque esos otros seres de dos patas habían sido capaces de generar tanto sufrimiento, algo tan duro como matar por matar, no para comer o sobrevivir.

Mancha acabó atado, el miedo a que acabara en el fondo del abismo, que perdiera por un instante el control, que volara hasta el fondo oscuro de la chimenea volcánica, ese lugar oscuro a ochenta metros de profundidad donde reposan tantos huesos humanos, restos de maestros, abogados, alcaldes, obreros y obreras asesinados por los fascistas a partir del sábado 18 de julio de 1936.

De regreso el can parecía pensar en lo que sintió, lo que percibió con ese sexto sentido que ya la especie humana hemos perdido, esa niebla de su nebulosa mental, sin entender porque somos como somos, capaces de volar en nubes tan negras de la historia.

La nobleza de Mancha sembró de esperanza por unos instantes ese lugar de tristeza y dolor, el acantilado teñido de sangre inocente, ahora regado de amor por un ser sin rencor ni odio, capaz de sentir, de notar en las glándulas de su alma lo que desgraciadamente la avanzada humanidad es incapaz de percibir, escuchar los alaridos, quizá ladridos del viento en lo más recóndito de nuestras conciencias.

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