lunes, 7 de diciembre de 2015

La entrañable complicidad de la sierra

Enrique Santana Fumero, subió lentamente la montaña entre la maleza que cortaba a machetazos, iba junto a sus compañeros de la guerrilla en Sierra Maestra, era casi un niño de de quince años cuando logró escapar por mar de la isla de Tenerife, acosado por las fuerzas fascistas, que comenzaban el genocidio, el golpe de estado del General Franco, que asesinó a más de 5.000 canarios/as, solamente por pensar diferente, por defender la legalidad constitucional.

En la loma selvática estaban los vigías, tres hombres negros vestidos de verde oliva, las metralletas caladas, la boina y unas miradas limpias como la brisa del sur. “El Isleño” como le llamaban, sabía que iba a poder ver a Ernesto “Che” Guevara, que estaba a unos pocos kilómetros del espacio liberado, el humilde pueblito de chozas y bohíos, donde el guerrillero heroico ejercía también de médico aunque fuera Comandante.

Llegaron y la milicia los esperaba, varias mujeres armadas, maestros alfabetizando a niños y niñas, personas mayores y familias haciendo cola para ser atendidas en el pequeño consultorio montado, una especie de chabola gigante, construida con madera de los inmensos árboles, dentro un hombre barbudo acompañado de un joven médico peruano y de una doctora algo más mayor de Cienfuegos, allí estaba el “Che”, se dijo para sus adentros Fumero, el hombre del que tanto había oído hablar en los años de lucha, desde el día que se unió en La Habana al Partido Comunista, simplemente por la afinidad al ser miembro en Canarias del Frente Popular a pesar de su juventud.

Una partida de hombres y mujeres recibían formación militar más abajo de la quebrada, saltaban sobre plataformas de madera, aprendían los manejos de los fusiles, practicaban técnicas de combate, guerra de guerrillas, bajo la dirección de varios mandos del ejército del pueblo, en otro espacio un barbudo con gafas impartía clases de marxismo a varios jóvenes también alzados. En el ambiente se respiraba frescura, confianza en el triunfo, aunque se produjeran derrotas puntuales y murieran compañeros.

El grupo de Fumero se sentó a descansar y a esperar por el rancho de arroz con frijoles, en eso alguien llegó, todos se levantaron, “El Isleño” no tuvo tiempo a incorporarse, levantó la vista y allí estaba Ernesto Guevara. –¿De dónde vienen muchachos? Acomódense que mañana partimos hacia Santa Clara, -dijo con una presencia que imponía- la boina calada, la barba incompleta, una pistola al cinto y unas manos que olían a los desinfectantes de las operaciones en el hospitalito improvisado. -¿Tú eres el isleño me han dicho? El canario casi no podía articular palabra. –Si compañero Comandante.

El “Che” se sentó con ellos sobre una piedra, le preguntó por lo que había sucedido en su tierra, Fumero le contó los miles de asesinatos, Guevara le dijo, mientras se fumaba un puro, no entender como no se repartieron armas al pueblo antes del 18 de julio del 36, que sin resistencia los fascistas asesinan impunemente, que la historia siempre se repetía inexorablemente, que un pueblo desarmado es vulnerable al terror que siempre impone el imperialismo, el sistema capitalista, que solo busca exterminar cualquier foco de rebeldía.

El pobre Enrique solo escuchaba, solo respondía a las preguntas del Comandante sobre cómo eran las islas, la población, la orografía, si existía una sierra, una selva, la posible implicación de los campesinos en una supuesta guerrilla, la cercanía con África, si existía algún vinculo con movimientos de liberación del continente negro. Así se pasaron casi dos horas departiendo, hasta que llamaron por radio y tuvo que dejarlo, le apretó la mano, lo miró fijamente con una leve sonrisa, ya no se vieron más hasta el día del triunfo en La Habana, cuando lo vio desfilar junto a Camilo, Raúl, Fidel…, en medio de una multitud enfervorecida, entre la celebración del triunfo revolucionario.

Fumero vivió los primeros años de la revolución, la Reforma Agraria, el reparto de las tierras entre los campesinos empobrecidos, las campañas de alfabetización, se casó con una cubana, Haydee Rosales, una joven médica de Cabaiguán, también de origen isleño. Allí pasó su vida, jamás regresó a Canarias, siempre tuvo el grato recuerdo de su madre el día de la despedida en La Laguna, sus ojos repletos de lágrimas, cuando logró embarcarse en aquel velero para Venezuela, la nostalgia del isleño que siempre lleva en su corazón el sonido de las olas rompiendo en las playas desoladas, en los acantilados de Taganana, que le venían a la mente en las noches de La Habana vieja, entre rones, con buena compañía, en el amoroso y trémulo sonido del Son.

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