viernes, 25 de diciembre de 2015

Erosión de las piedras

La chiquilla andaba descalza por las frías calles de tierra mojada de Tamaraceite, no habían pasado dos semanas desde la detención de su padre, Carlos García. Los falangistas se lo habían llevado para siempre aquella noche de septiembre, cuando golpearon violentamente la puerta, sacándolo a rastras entre patadas y puñetazos delante de su madre, su abuela y sus siete hermanos. Adita sabía que como al resto de sus camaradas también lo iban a desaparecer en el mar, en algún agujero volcánico o en los pozos de la muerte.

Fue bajando desde La Montañeta hasta la conocida como Carretera General, cuando vio como sacaban a varios hombres atados de la casa consistorial, unos meses antes gobernada por un alcalde comunista, el miembro del Frente Popular, Juan Santana Vega, los siete varones y una mujer con la cabeza rapada, la ropa destrozada, el pecho al aire. Observó desalada como eran golpeados salvajemente calle abajo por el cabo Pernía, el cojo Acosta, el jefe comarcal de Acción Ciudadana, Penichet, el guardia Santos junto al requeté Bravo. El verdugo de Tenoya con su pinga de buey encabezaba la comitiva del terror, les pegaban a la vista de los vecinos y vecinas camino de la iglesia, donde esperaba aparcado el “Camión de la carne.

La pobre niña veía a su padre sangrando con los ojos casi fuera de sus orbitas, la cabeza abierta con una enorme cicatriz, un hueso del brazo atado a la espalda que se le salía del codo como una especie de puñal, una imagen brutal que hacía que la gente corriera a sus casas, nadie se quedaba en la carretera, solo los partidarios del golpe fascista que vitoreaban a los uniformados, a unos tipos sanguinarios, los criminales que después de varias semanas torturándolos cada noche en el silencio de Los Giles, ahora los sacaban para llevarlos a un destino desconocido en el viejo vehículo propiedad don Jacinto Henríquez, uno de los terratenientes del antiguo municipio de San Lorenzo, un personaje siniestro que por fin podría disfrutar del sufrimiento de uno de sus empleados más rebeldes, el sindicalista de la Federación Obrera, Jacinto Tejera, el hijo de Mariquita “La zapatera”.

Adita intentó acercarse a su padre entre la multitud, corrió a abrazarle burlando el cordón de seguridad de los falangistas, lo apretó contra su cara, la sangre le manaba, notó su olor a sudor y tabaco, el olor agradable que le recordaba las noches que venía a acunarla al viejo camastro, en el que dormía junto a dos de sus hermanas Alicia y Matilde, solo fueron unos segundos, el hombre trato de besarla justo en el momento en que la culata del fusil de Pernía le golpeó en la nuca, la niña se tiró al suelo abrazada a su padre, no lo soltaba lanzando alaridos entre los golpes y patadas de aquellos rostros de toda su vida. Hombres a los que llevaba viendo desde que nació por las calles de su pueblo, los que hasta hacía pocos meses se paraban a saludar cuando venía con su madre de la escuelita. Gente normal ahora transformados en monstruos que la golpeaban, que tiraban de su pelo, de sus brazos, de sus piernas, separándola del cuerpo inerte de su padre sin sentido en medio de un charco de sangre.

La niña se quedó acurrucada en una esquina con el cuerpo magullado, mucha sangre en sus rodillas, raspones de cuando la arrastraron para separarla de lo que más quería en el mundo. Desde allí vio como se lo llevaban, como el resto de los detenidos lo metían en el camión, el cura ayudaba a los fascistas entre burlas, los siete paisanos y la mujer quedaron sentados en el suelo, la sangre dejaba un reguero cuando el transporte usado para los racimos de plátanos avanzaba hacia Las Palmas.

El anciano sacerdote se acercó a la chiquilla para bendecirla, le puso la mano para que se la besara, Adita se la escupió y salió corriendo ante la mirada asombrada del conocido párroco, buen amigo de los caciques de la zona, del que se sospechaba que había revelado secretos de confesión de hombres y mujeres del pueblo, decenas de republicanos y anarquistas, gente humilde, a los que incluyeron en las conocidas como “listas negras” para asesinarlos a partir del golpe de estado de 1936.

La pobre Adita llegó casi hasta La Cruz, la zona más alta de Tamaraceite, y desde allí se divisaban los camiones cargados de presos, los que venían de Arucas, de Teror, de Tenoya, del norte, de Galdar, de Guía, cientos de hombres cuyo destino eran los campos de concentración, el fusilamiento, el asesinato en cualquier lugar remoto de la isla.

Se quedó sentada un buen rato, veía el símbolo católico como una especie de augurio terrible, el viento se enredaba en su pelo negro como la noche, sus heridas le escaldaban, no se inmutaba, solo pensaba en su padre, en su última mirada, en el intento de darle ese cariño con las manos atadas, ese amor que para siempre quedó en cada poro de su piel, incrustado como la erosión en las piedras ancestrales, la que produce el agua de lluvia, quizá las lagrimas, de una personita triste, sola, en el manantial de sus ojos. 

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1936 Euskadi, prisioneros nacionalistas

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