miércoles, 23 de diciembre de 2015

Como un signo inevitable

Bajó despacio las escalinatas del Risco de San Nicolás, en la calle Triana se escuchaba el bullicio de la gente en Navidad, las compras y el olor a roscas, manzanas de azúcar y jareas asadas. Emilia caminaba sin rumbo hacia los contenedores de basura de la calle 1º de mayo, su niña la esperaba en casa entretenida con la vieja muñeca de trapo, la que le regaló su madrina, la señora de Vegueta que se encargaba Caritas Parroquial en el Cono Sur de Las Palmas.

Sabía que a esa hora no habría suficiente comida en la basura, los días clave eran el 25 y el 1 de enero, cuando la gente tiraba lo que sobraba de las comilonas, el 23 de enero solo podría encontrar algún producto caducado, yogures rotos, restos de tortilla o papas compuestas, lo de siempre, que trataba de limpiar antes de llevarlo a su humilde habitación alquilada por 100 euros en la parte más remota del barrio, allí donde vivían los camellos, los narcos de poca monta, los vecinos más viejos a los que había que sacar cuando morían en sus ataúdes por el laberinto infinito hasta el coche funebre, un ritual repetido cada vez que alguien fallecía en cualquier noche inoportuna. –La bajada de la muerte como en la Sima de Jinámar, -decía Marcos Chirino con la boca vacía de dientes- sentado en la puerta del bar de Vargas, familiar directo de cuatro personas asesinadas en 1937 por los fascistas, ahora enganchado a la heroína desde que en los años 70 la guardia civil metió las drogas en todos los barrios y pueblos de la isla.

Emilia González, seguía cabizbaja su ruta bajando por Buenos Aires, la calle de las guaguas que venían de la cumbre, seguía revolviendo en los contenedores, tratando de que la policía no la parara, los abusadores esbirros que más de una vez le habían pegado, siempre siguiendo ordenes del alcalde del corrupto partido de la derecha que gobernaba el municipio. La mujer ya tenía una ruta prefijada, calle a calle, esquina a esquina siempre a la misma hora de la noche, antes de que los camiones se llevaran todo, irrumpieran como monstruos infernales en la cotidianeidad de una ciudad castigada por el hambre y la miseria.

Regresaba silenciosa en la medianoche, subió lentamente las escaleras cargada de bolsas, ropa usada y sucia, dejaba tras de si una estela de liquido pestilente, había encontrado las sobras de un pulpo, su tinta mostraba su camino hasta montaña rodeada por la muralla de los piratas, la que un día sirvió de refugio a los sanguinarios conquistadores, el lugar exacto de la casita compartida, la habitación con el camastro, el ropero de madera y la mesa de noche sin cajones. Allí estaba Cathaisa, su niña de siete años ya dormida, llevó la comida a la cocina compartida, el fregadero repleto de platos sin lavar, cucarachas andando por las paredes. Encendió el fogón de gas mientras cortaba en trozos los restos del octopus, calentando las papas recolectadas y las cáscaras de cebolla, colocó todo en una fuente de cerámica y la llevó a la cama, despertó a la chiquilla y las dos cenaron en silencio, Cathi, como la llamaba, le preguntó por las actividades infantiles en el Parque San Telmo, si la madrina este año le conseguiría algún boleto para subirse a los cochitos.

Las dos se quedaron calladas, comiendo, pensando, sin esperanza, recorriendo el paraje de la desolación, de una tristeza inigualable, desde que comenzó lo que en la televisión llamaban “crisis”, “recortes sociales”, “medidas de austeridad”. Por abajo, al final de la escalera Chirino sentado como cada madrugada veía pasar el coche oficial del alcalde, venía del concierto de Navidad de Los Gofiones en la Plaza de Santa Ana, de la comilona pagada con dinero municipal en el restaurante vasco que hace esquina con la calle San Bernardo, allí estaba el ministro, su jefe, constructores, toda la plana mayor de la corrupta “sociedad”. Arriba Emilia ya dormía abrazada a su niña, un refugio de amor entre la implacable realidad, la lluvia mojaba los barrotes de la prisión de los sueños.

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