martes, 1 de diciembre de 2015

Al final del viaje

Frasquita andaba de rodillas desde la entrada de la basílica del Pino hasta el altar de la Patrona de la isla, cada año lo hacia para pagar promesas, mientras Juan Tejera la miraba, jamás entendió que su amada esposa tuviera esas creencias, los años del campo de concentración y de cárcel lo endurecieron, allí aprendió a leer y escribir, le enseñaron matemáticas, “las cuentas y las trampas”, como el decía, el sufrimiento de los golpes de los “cabos de vara”, el hombro roto del fuerte golpe que le propinó Doreste en el Lazareto de Gando, los presos traidores, que por un plato más de lentejas con chinches eran capaces de caer tan bajo, de traicionar a los compañeros y camaradas, de formar parte de los escuadrones de la muerte, como los que mataron a palos al periodista lanzaroteño, Manuel Fernández, en el campo de concentración de La Isleta tras la orden del genocida teniente Lázaro.

Juan no se olvidaría nunca de la noche que lo vinieron a buscar, como golpearon la puerta pateando a su perro, amedrentando a los hijos, a su única hija Dolores, la mayor con apenas ocho años, cuando los falangistas entraron en la humilde casita, la que construyó con sus manos entre la toba volcánica casi sin ayuda, cargando piedras blancas de las canteras de San Lorenzo, viviendo en las cuevas mientras hacía realidad el sueño de su nuevo hogar, de su querida compañera, de sus cuatro hijos, del que todavía esperaba para salir al mundo, flotando en el limbo del liquido amniótico, el placentero espacio del amor, antes de ser expulsado del calido paraíso para llegar al infierno del hambre, la represión, los abusos de poder, el fascismo implantado por la podrida Iglesia Católica, Falange, Acción Ciudadana, los sanguinarios militares y una oligarquía de apellidos nobles, empresarios, terratenientes, condes y marquesas con las manos manchadas de sangre por los siglos de los siglos.

Después de los duros años de cárcel Juan Tejera no conseguía trabajo, tuvo que dedicarse a la extracción manual de piedras en una cantera de un pequeño terreno arrendado en Tamaraceite, allí lo acompañaban sus hijos Manolo, Juan, José, Javier, en la dura tarea, hasta que un día mientras picaba se le vino encima de la pierna un risco entero, varias toneladas de escombro que le destrozaron su frágil extremidad.

En el hospital lo primero que pensaron los médicos fue amputarle de forma inmediata, pero un buen galeno decidió tratarlo, evitando que la perdiera, pasando casi un año hospitalizado, incluso aquella noche del revuelo, de los gritos, de los periodistas en la calle, cuando entre guardias civiles alojaron en la habitación de al lado al herido fugitivo de leyenda, Juan García, “El Corredera”, su gran amigo y camarada, ejecutado a las pocas semanas a garrote vil por el régimen franquista.

Desde muy niño recuerdo verle a mi abuelo el gran hueco a la altura de la canilla, un golpe de la vida, de la miseria, de la persecución por parte de aquellos asesinos en serie que dejaron una estela de más de 5.000 personas asesinadas en Canarias, solo por pensar diferente, por defender la legalidad constitucional.

El viejo Juan me enseñó la ciudad, recorrí aquel mundo nuevo de su mano con apenas siete años, siempre gozando de una compañía tan valiente que estremecía, sin miedo a pesar de tanto dolor, de cine en cine, de calle en calle, mientras me contaba todas aquellas historias ocultas, los asesinatos masivos, la vida de sus camaradas arrojados a simas, pozos, cunetas, fosas comunes y al abismo marino. Nombres que se me han quedado grabados para siempre, como el del médico de los pobres, el famoso ajedrecista, los pintores, la gente de la cultura, los líderes obreros, los abogados que no cobraban a las personas humildes, sus camaradas del Ayuntamiento de San Lorenzo fusilados el 29 de marzo de 1937 a las cuatro de la tarde.

Fueron muchas la imágenes que se me han quedado para siempre en la retina de mi alma, la que mas me impactó fue cuando murió mi abuela, como Juan por su estado de salud no pudo ir al entierro y se quedó sentado en la entrada de la casa, esperando que pasara el coche fúnebre, donde iba el amor de su vida, uno de sus nietos iba sentado en el sillón delantero, habiendo pactado secretamente con el chofer que hiciera una breve parada, un solo instante delante de la vivienda, el familiar desde la ventana le mostró con un gesto que allí iba su amada. El pobre Juan se levantó y avanzó hacia la verja, allí se agarró con lagrimas en los ojos, su bastón de madera. –Mi niña querida, mi niña, mi amor, adiós mi niña, adiós mi vida, lo más lindo del mundo, -dijo con el puño en alto- despidiéndola para siempre.

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