miércoles, 25 de noviembre de 2015

La lluvia no quiso besar la ciudad

Juan Vera y Eugenio Rivas fueron detenidos nada más salir de la vieja casa con alpendre que ocupaban en el barranco de Miraflor, hacía días que las fuerzas de Falange y Acción Ciudadana los buscaban, eran los que quedaban de las personas asesinadas en el norte de Gran Canaria, la criba de las listas negras elaboradas meses antes del golpe de estado fascista, cuando se reunían los curas con los camisas azules, los tricornios y militares sediciosos organizando la matanza.

Los llevaron en el coche negro, con las manos atadas fuertemente a la espalda camino del centro de detención y tortura de la calle Luis Antunez en la capital, donde les esperaba el infierno, Juan miraba de reojo a Eugenio, Eugenio solo miraba al suelo, a la vieja alfombra llena de restos de tabaco y manchas del ron de caña, el que se bebían los requetés y niños ricos de las “Brigadas del Amanecer”, algo pegajoso bajo sus píes, trozos de pan y queso pisoteado, restos de sangre de las detenciones, de los golpes brutales a los detenidos que eran llevados para desaparecerlos en la Mar Fea, en la Sima de Jinámar, en los pozos de Arucas y Tenoya, en la fusnia volcánica de Los Giles ubicada dentro de la finca de “Las Maquinas” propiedad de los Betancores.

El auto avanzaba lento, dos guardias civiles a cada lado de los muchachos que no se atrevían a decir nada, sabían que los golpearían salvajemente al menor comentario, al menor movimiento, bajaron por las cuevas de Mata, cerca de la vieja muralla edificada hacía varios siglos para protegerse de los piratas, la ciudad parecía impregnada de un olor a tristeza, el cielo gris, tirando a negro, como a punto de llover en pleno mes de mayo.

De repente pararon en medio de la calle, los sacaron a golpes, a Eugenio por los pelos, arrancándole parte de cuero cabelludo, los vecinos no miraban, avanzaban rápido, como si no pasara nada, la sangre manchaba las paredes, el suelo del viejo empedrado, las ventanas de las casas terreras se cerraban, las pocas prostitutas que había por la zona desaparecieron en menos de veinte segundos, justo cuando pasó un camión cargado de racimos de plátanos en el momento que los metían en el centro de detención, adentro olía a putrefacción, a restos de carne humana, se escuchaban los gritos de los hombres, de varias mujeres que tenían en un recinto aparte, reservado por el teniente Samsó para las violaciones y abusos sexuales, siempre y cuando –estuvieran de buen ver o tuvieran buenas tetas, -según decía Eufemiano entre carcajadas-.

Los separaron en dos pequeños cuartos, en uno esperaba el conocido como “El verdugo de Tenoya”, siempre armado con la pinga de buey para desgarrar los cuerpos de los detenidos hasta la muerte, en el otro el viejo gallego, sargento Rey, experto en astillar uñas y amputar dedos, al momento los colgaron por las piernas, el tenoyero comenzó a desollarle la pie, no hacían preguntas, maltrataban por maltratar, por sadismo, por el placer de hacer daño hasta la muerte.

A Juan le llevaron a su hermana también detenida y la violaron en su presencia tres falangistas, entre ellos el cabo Alfaro, conocido por estar siempre borracho y metido en las casas de putas de la zona, el chico gritaba, insultaba a los fascistas, lo que generó que incrementaran los golpes, le metieron un hierro candente por el ano en el momento en que su hermana ya estaba muerta, tirada en el suelo asfixiada por el guardia civil que la violó.

En menos de media hora se hizo el silencio en los dos recintos, ambos jóvenes habían muerto entre sufrimientos indescifrables. El capitán Benítez de Lugo dio la orden de que avisaran al cura de San Telmo, Don Teodoro, que siempre venía medio borracho para que les diera la extremaunción aunque fueran cadáveres, una especie de bendición en una diatriba ininteligible, que terminaba haciéndoles la señal de la cruz en sus ensangrentadas frentes.

En la puerta del centro de tortura de la calle Luis Antunez aparcó una camioneta conducida por miembros de Falange, sacaron los cuerpos de Juan, de su hermana Isabel, de Eugenio y de varios reos más, a los que también habían asesinado hacía pocas horas.

El vehículo enfiló hacia la salida sur de la ciudad con destino desconocido, detrás dejaba un reguero de sangre, de olor a muerte, que la gente evitaba, casi nadie miraba, pero todos sabían que llevaban cadáveres, que los iban a tirar en cualquier agujero, en el mismo mar, en cualquier pozo, la ciudad siguió oscura, como a punto de llover, pero la nubes no se atrevían a limpiar de rojo las calles, la inundación de tristeza, el desamor de un pueblo destruido.

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