domingo, 8 de noviembre de 2015

El bregar poético del infinito

Mientras dormían acurrucados junto al risco de la playa de Veneguera, escucharon un ruido de algo gigantesco que salía del mar, los dos muchachos, Nicasio Rodríguez y Antonio Suárez, salieron lentamente de la protección del escondite donde llevaban casi tres semanas. La madrugada estrellada parecía un manto de luces tintineantes en la inmensidad, algo se arrastraba hacia ellos despacito, una sombra negra con un inmenso olor al salitre de las profundidades que se detuvo a mitad de la ribera, mientras con las aletas de aquel cuerpo de ochocientos kilos abría un agujero en la arena. La tortuga laúd había vuelto cincuenta años después al lejano lugar donde nació. Los hombres, evadidos desde la noche del golpe de estado, huidos de la persecución fascista, se sentaron trémulos, medio dormidos, alucinando, para ver como aquel ser mágico depositaba sus huevos bajo el manto todavía caliente, el inmenso lecho del amor y la esperanza.

El enorme animal marino parecía mirarlos a la luz de la media luna, unos ojos que trasmitían bondad, un conocimiento eterno del misterio, la fragancia de la nobleza en aquella escena en el lugar más remoto, donde Nicasio y Antonio se refugiaban de una muerte segura, del brutal tormento de la tortura, la destrucción de su dignidad, en caso de ser capturados por las criminales fuerzas sediciosas a la legítima República.

Pasó un rato y la tortuga quiso partir hacia el abismo desconocido, justo cuando cayó de lado en un pequeño agujero junto a una roca, el animal trataba de salir pero le era imposible, respiraba agitadamente, asustada por no poder mover su casi tonelada de carne y hueso. Los hombres no sabían qué hacer, justo en el momento en que se vieron luces lejanas bajando el barranco, ruido de camiones, gritos, era la brigada de falangistas y guardias civiles, solo quedaba la opción de huir de forma inmediata, salieron corriendo hacia el acantilado para no ser vistos, pero algo les impedía partir, la tortuga seguía allí desesperada, Nicasio tomó uno de horcones que mantenían parte de su chabola, los dos hicieron fuerza, mientras el quelonio movía sus aletas, arriba el ruido bajando como una avalancha temible de odio, alguien se había chivado que estaban allí, seguramente las dos mujeres que estuvieron marisqueando esa mañana, las que los miraron y no los saludaron.

Los dos hacían un esfuerzo terrible, era demasiado peso, sudaban, casi gritaban por el enorme esfuerzo, hasta que la tortuga se equilibró y con las aletas posteriores enterró los huevos, partiendo hacia el mar, hacia lo desconocido, miró un instante a los hombres, por sus ojos brotaban lagrimas, una mirada milenaria y profunda, cuando Nicasio y Antonio corrieron hacia Tasarte por los riscos, tratando de llegar lo más lejos posible, quizá a Guguy, donde no fuera posible ser perseguidos, detenidos y asesinados.

Ya enfilaban sobre las lajas apenas con una pequeña bolsa de comida, vieron el momento en que la madre marina se metía en el mar, se perdía en el fondo oceánico del frio de septiembre, huyendo también de algo desconocido, la supervivencia de una especie amenazada, de unas ideas nobles que por un instante se unieron en el bregar poético del infinito.

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