lunes, 30 de noviembre de 2015

El abismo de la tristeza

El sancocho con pescado salado que hacían cada Viernes Santo en la casa de Valsendero se presentía triste, faltaban los demás, Juan, Antonio, Carlos, Herminio, Ramón, Cecilia, seguían desaparecidos, desde la noche que los falangistas y los esbirros armados de Acción Ciudadana  se los llevaron de sus casas a punta de pistola. Las sospechas de María José Artiles, dueña de la casita de tejado, hacían pensar que los habían asesinado en el centro de detención y tortura de la calle Luis Antúnez en Las Palmas, que posiblemente los hubieran tirado a la Mar Fea, a la Sima de Jinámar, a los pozos de Arucas y Tenoya, cualquier lugar de la represión y la muerte, donde los asesinos fascistas desaparecían como alimañas toda pistas de sus crímenes.

Faltaba algo en la velada, el silencio presidía el olor a mojo verde y papas arrugadas, nadie decía nada, aquellos hombres y mujeres compañeros de la aparcería en el sur de Tamarán, la isla desangrada desde el 18 de julio del 36, cuando comenzó el genocidio más brutal de la historia de las islas, solo comparado al holocausto indígena patrocinado y ejecutado por la Corona de Castilla y la Iglesia Católica.

Ahora se repetía la historia, los mismos asesinos con sotana, los cruzados de siempre, fanáticos religiosos, racistas, reaccionarios, la oligarquía isleña, los terratenientes de apellidos nobles, los “grandes de España”, claramente vinculados a la conquista, al exterminio de los aborígenes, a la violación de sus mujeres, al secuestro para ser vendidos como esclavos en los mercados de seres humanos de Sevilla y Valencia.

El miedo presidía el triste almuerzo, no había música, los timples y guitarras estaban arrinconados, una especie de ritual triste, solo interrumpido por la palabras entrecortadas de Rosa María, la joven abogada recién llegada de la península, donde cursó con mucho esfuerzo, trabajando de criada en Chamberí, los estudios de Derecho. La pobre chica se había criado con los desaparecidos, habló de cada uno con voz bajita, no interesaba que nadie escuchara, que ningún vecino pudiera delatarlos, no hacían nada malo, ni siquiera ninguno de los comensales había estado nunca metido en política, solo eran amigos de aquella pobre gente asesinada simplemente por defender la legalidad constitucional.

Rosa nombró a Cecilia, habló de su embarazo de siete meses, de su marido, el médico José Luján, que había sido arrojado a la Sima de Jinámar al día siguiente del golpe, de la noche en que la detuvieron aquella madrugada de diciembre, pocos días antes de la Nochebuena, al parecer por un chivatazo del mayordomo del Conde de la Vega y del hijo de la Marquesa del pueblo de las canteras de piedra. La chica lloraba mientras hablaba, nadie se atrevía a brindar con el vino de Santa Brígida que había traído el hermano de Ramón, comieron callados, la tristeza inundaba el ambiente de la humilde estancia en la afueras de Tenteniguada.

A los pocos días recibieron como una estaca en el corazón noticias de había aparecido flotando en el mar el cuerpo destrozado por la tortura de Cecilia, cerca del barrio marinero de San Cristóbal, la familia la recogió con permiso de la autoridad, la enterraron en el cementerio de San Lorenzo sin curas, sin cruces, sin ceremonia religiosa, ella lo había pedido meses antes, cuando era consciente de que tarde o temprano sería detenida, atormentada, desaparecida.

Del resto de compañeros jamás se supo, todos sospechaban que también habían sido arrojados al mar, posiblemente dentro de sacos con piedras dentro, que estarían en las profundidades marinas, como los miles de asesinados en toda Canarias habitantes de la mayor fosa de la historia, entre las aguas cristalinas y la espuma del Atlántico infinito.

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"O paraiso feixista" (El paraiso fascista). Dibujo del artista gallego Castelao

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