viernes, 18 de septiembre de 2015

Houda, de Damasco al otro infierno

Mirando desde los brazos de su madre como la policía húngara golpeaba y gaseaba a su padre, a las cientos de pesonass,  la niña solo observaba en silencio, recordaba los momentos felices del calor del hogar, cuando Siria estaba libre de la invasión occidental para derrocar a un presidente incomodo, al margen de las políticas criminales de estados y organizaciones terroristas gubernamentales como la OTAN, la Unión Europea o los Estados Unidos.

Houda, con sus apenas cuatro añitos no entendía nada, solo que llevaban ya casi tres meses huyendo desde el corazón de un país destruido, donde grupos terroristas financiados desde el exterior asesinaban a los hombres, violaban sistemáticamente a mujeres y niños/as, quemaban sus hogares, convertían los pueblos y ciudades en infiernos donde la vida no valía nada, solo la maldad, el saqueo y la violencia desmedida.

Los ojitos de la niña le quemaban por el gas pimienta, la gente corría desesperada mientras los policías del gobierno nazi de Hungría cargaban con la multitud, su padre seguía sangrando, su madre lloraba y la apretaba contra su pecho en una carrera sin rumbo, hacía un lugar desconocido rodeado de alambradas con espinos.

A su alrededor una multitud atemorizada que se aplastaba contra un muro de cemento, gente mayor, niños y niñas, mujeres embarazadas, algunas con bebés en los brazos casi recién nacidos, gritos, alaridos de terror, llantos, mientras los uniformados seguían disparando las bombas lacrimógenas, los gases, las balas de goma que cuando golpeaban en las cabezas de la gente las dejaban sin conocimiento en el suelo.

Algunas caras le sonaban del barrio, vecinos que hasta hacía pocos meses se les veía felices en los parques y calles de la milenaria Damasco, cuna de civilizaciones y de la cultura ancestral, donde Houda iba la guardería, la que llevaban Hada y Lina, las dos chicas maestras que la trataban tan bien, con tanto cariño, las dos secuestradas por ISIS, violadas y descuartizadas por creer que apoyaban al gobierno, quizá simplemente por ser mujeres cultas, formadas, con ideas propias.

En un instante cesó el fuego y los golpes, los gases se disipaban en medio de una atmósfera irrespirable, mientras llegaban los autobuses para llevarlos al campo de concentración, un espacio circular muy parecido a los que usaba el fascismo alemán en la Segunda Guerra Mundial. Su padre había desaparecido, seguramente había sido detenido por la brutal policía, su madre sudaba a pesar del frío, escuchaba con su cabecita pegada a su pecho el latido asustado de su corazón, no tenían donde ir, habían perdido todo, solo les quedaba llegar a los barracones de aquella nueva prisión donde seguramente pasarían muchos años encerrados.

Ya en el autocar Houda abrió la mano, la tenía cerrada durante todo el asalto policial, la manita roja, manchada de gas pimienta y descubrió que todavía tenía la muñequita de colores, la princesa del cuento parecía mirarla desde el infinito país de los sueños.

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Un niño Sirio ofrece una galleta a un policía húngaro antes de que los detengan

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