martes, 8 de septiembre de 2015

El polvo y la sangre

Esteban Guerra, jamás imaginó que el pueblo de Puntallana, en la isla de La Palma, se llenaría de asesinos vestidos de azul. Traían varios camiones con los cuerpos de los guerrilleros muertos, acribillados a balazos. Pronto comenzarían el resto de las ejecuciones. El falangista Francisco De Lugo esperaba las órdenes del Gobierno Militar de Santa Cruz de Tenerife, María Mercedes, lloraba en la pequeña buhardilla el momento de la muerte de su marido, el inminente estallido final de la esperanza.

La movilización de fascistas por la isla era masiva, el cañonero Canalejas vino de Gran Canaria cargado de militares y falangistas, el objetivo era claro, acabar con la resistencia palmera, el incipiente maquis alzado en los montes de la isla desde Fuencaliente a Garafía, la buena gente que no quería que se impusiera el régimen del crimen, que acabaran de un plumazo con aquella República de la esperanza, de los derechos sociales, de la prosperidad de los sectores más desfavorecidos de la población, de la educación gratuita, de la incorporación de la mujer, de la igualdad y el progreso.

No les costó mucho, eran muy superiores en número y armamento, solo algunas incursiones en la complicada orografía de la isla contra aquellos guerrilleros heroicos, avanzando hacia un punto sin retorno, sin posibilidad de huída, solo luchar hasta la muerte por la libertad y la democracia, por los chiquillos y chiquillas harapientos/as, pero las muertes llegaban, hombres fuertes, musculosos por las duras tareas de sus explotados trabajos, caían atravesados por las balas, la laurisilva se tiñó de sangre, sangre joven, sangre brava, la sangre de la gente de bien, la que lucha por la fraternidad y la ternura de los pueblos.

María Mercedes, la maestra de Los Llanos, la joven y dulce anarquista casada con el abogado libertario grancanario, Ernesto Luján, el defensor de las causas nobles, el que no cobraba las minutas de las personas humildes, las que llegaban a su despacho de la Calle Real con el alma rota, víctimas de las injusticias de una oligarquía corrupta, terratenientes sin escrúpulos que ejercían el derecho de pernada, que explotaban en condiciones de semiesclavitud a miles de obreros/as de aquella hermosa isla, casi un paraíso natural en medio del dolor y la brutal represión.

El capitán Soria ordenó entre arengas incrementar las incursiones por aquellas montañas repletas de bosques milenarios, de dragos, pinos canarios, palmeras y retamas, quería acabar cuanto antes, disparar sobre cualquiera que no vistiera de azul. El viejo y cojo militar vino de Gran Canaria, vecino de Telde, conocido cacique del sureste de la isla redonda, tomó los galones de Franco en el primer minuto del alzamiento, participó junto a la Iglesia Católica en la elaboración de las listas negras, las que pusieron nombre a las miles de personas asesinadas desde que estalló el golpe de estado de 1936.

La pobre María escondida en la casa de la calle Miraflores, donde vivían las dos primas monjas, vio desde la ventana como traían atado con las manos a la espalda a su Ernesto, la cara ensangrentada, cicatrices, los labios partidos, la ropa impregnada de sangre mientras el teniente Manrique de Lara lo golpeaba con la pinga de buey, hasta colocarlos a todos en fila de uno en la explanada frente a la iglesia, la vieja plaza colonial, donde todo el mundo creía que se iba a producir el fusilamiento de los insurgentes, pero no sucedió nada, solo los fueron distribuyendo entre camiones y coches, sacándolos del pueblo con destino a los lugares más apartado de la isla, donde los asesinarían ese mismo día para luego desaparecerlos.

No se atrevían a fusilar en público –Por lo que pudiera pasar en el futuro –dijo el Coronel Hermoso, el tinerfeño de buena familia, conocido por los maltratos a los reclutas, el que asesinó de una patada en la cabeza al soldado Pedro Martín en Santa Cruz de Tenerife.

Al mismo tiempo que se llevaban a los hombres para asesinarlos, recorrían cada rincón de Puntallana buscando nuevos soldados, campesinos humildes, analfabetos, que reclutaban para embarcarlos hacia la península para combatir en la guerra civil. Pueblo por pueblo se llevaron a cientos de hombres sin ninguna alternativa –O te alistas o te quitamos la vida. -Llevándose a tantos jóvenes que ni siquiera apoyaban las ideas de esta banda de asesinos.

María no dijo nada, solo miraba el andar triste de su compañero, pasándole por la mente todos aquellos bellos momentos, cuando se conocieron en la Asamblea tabaquera de Él Paso, como se enamoraron en pocas horas, desde que lo escuchó hablar con aquel acento canario de las injusticias, de la necesidad de cambiarlo todo. -Son ellos o nosotros –le dijo –Luchemos hasta el final, no hay otra salida.

La niña le daba pataditas en el vientre, quizá sus lagrimas también la hacían vibrar en aquella placentera oscuridad. Allí se quedó por cinco años, escondida por las piadosas hermanas, la monjas de La Caridad, las que nunca entendieron sus ideas, pero si supieron que si la abandonaban la matarían nada más capturarla.

La madrugada del 15 de enero de 1941 embarcó en el viejo barco para Venezuela, Rodrigo Acosta, la llevó escondida en la parte trasera de la camioneta entre cajas de plátanos, luego el barco comenzó a alejarse de las costas, salió a cubierta bañada en aquel sudor frío, el mismo del momento de la partida de su Ernesto a ese lugar indefinido, cualquier fosa común, la frialdad del fondo del mar, una sima volcánica, cualquier espacio de tristeza, donde los huesos de lo que más amaba en el mundo reposaban. Margarita la miró –Mamá que bonito es el mar, mira allí se ven varios delfines. -María Mercedes la abrazó, no dijo nada, se quedaron las dos varias horas mirando como la islita se perdía en el horizonte más infinito del amor eterno.


Los heroicos "alzados" de La Palma en defensa de la República y la libertad

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