miércoles, 26 de agosto de 2015

El exilio y el vuelo de los sueños

Carlos Martín, “El canario”, el exiliado, estaba encerrado en una pequeña celda, demasiado estrecha, sucia y pestilente, encadenado a la pared, con el sueño inundado de sus propias defecaciones y orines. En el centro de detención clandestino de Buenos Aires, “Garaje Olimpo”, no había lugar para esperanza de salir con vida, lo sabía, por eso trataba de que su mente navegara, cuando no lo torturaban, a sus islas amadas al otro lado del océano, hacia su adorada madre, Carmelita Fumero, ya fallecida en aquel pueblito del norte de Tenerife. Lo detuvieron en la oficina de la universidad, era enero de 1977, cuando mantenía una reunión con varios profesores y dos alumnas de la Facultad de Medicina. Se los llevaron a todos en varias furgonetas militares, los golpearon salvajemente en el hall de entrada, mientras el alumnado miraba atónito como se llevaban con las manos atadas a sus profesores, a sus jóvenes compañeras Silvina Moldavia y María Inés Ambrosetti.

Aquellos años de la huída cuando comenzaron a detener masivamente a todo el mundo en La Palma, en Tenerife, en La Gomera…, a sus compañeros de la Universidad de La Laguna, tantos amigos y amigas de aquella lucha por la libertad, la brutal represión que asesinó a miles de personas en toda Canarias, orquestada por la oligarquía, por la Iglesia Católica, por los sectores más reaccionarios de la desgraciada colonia española, personajes que jamás perdonarían a quienes contribuyeron a la construcción de la República, a la esperanza de los pueblos, de aquel humilde pueblito donde el drago milenario aún seguía vivo, resistiendo los embates brutales del tiempo. El mismo árbol gigante que vio la sanguinaria conquista, la de las espadas, las cruces, el genocidio sobre el pueblo indígena, el mismo ser casi eterno, florido, amante del sol y de la inmensa lluvia de invierno, veía ahora la misma represión, el mismo odio contra quienes solo querían vivir con dignidad, disfrutar de aquel pedazo de tierra mágica en medio del Atlántico.

Los guardias vinieron de nuevo, en el resto del Garaje Olimpo reinaba el terror, los gemidos, los llantos, los gritos de dolor, el sonido eléctrico de la “picana”, los chillidos de las ratas para las vaginas de las mujeres prisioneras, todo tipo de técnicas atroces de tortura que los militares argentinos aprendieron de la dictadura española, los cursillos en El Escorial en los 60, en la Dirección General de Seguridad en Madrid antes del golpe de estado del 76.

“Levántese doctorcito”, dijo “El ruso”, Julián Vasíliev, el conocido brigadier y torturador del taller nacido en Rosario. Carlos lo miró, era consciente que por sus heridas, la deshidratación por la falta de agua y comida, que no le quedaba mucho tiempo: “¿Vienes de nuevo a maltratarme? No tienes cojones boludo para soltarme las cadenas hijoeputa”.

Se lo llevaron a la sala de tortura, ya no le preguntaban nada, lo sabían todo sin que el canario hablara nada, torturaban por torturar, por dañar, ejerciendo el siniestro arte del represor, siguiendo la consigna de la Junta Militar: “Asesinar, desaparecer, no dejar resto de las hordas marxistas y anarquistas en todo el territorio nacional”.

A lo lejos, quizá en la sala de las mujeres, alguien escuchaba un partido de fútbol por radio, la clasificación para el mundial del 78, la gloriosa forma de celebrar que más de 300 personas estaban siendo torturadas, asesinadas, conducidas a una situación extrema de dolor y sufrimiento.

Lo colgaron de boca, las piernas ensangrentadas apretadas por la cadena, el hierro candente por el ano, los golpes, las patadas, los insultos y vejaciones. Carlos escuchaba sobre todo las chillidos de las mujeres mientras la violaban, le pareció la voz de sus alumnas de menos de 20 años, las delegadas estudiantiles del sindicato, las combativas chiquillas que vinieron de Tucumán a estudiar medicina, las mismas pibas a las que les contaba como era su tierra, aquellas islas perdidas tan cerca del Sahara, del brazo de mar que une los continentes del dolor y la penuria.

De repente se escuchó bullicio en los pasillos, la voz de Tabaré Camacho Pastorino, el Mayor de infantería que venía varios días a la semana a dirigir las torturas en el viejo taller clandestino: “Hay que sacar otra remesa, 20 más, el avión espera, apúrense”.

“El ruso” paró, bajaron a Carlos, casi no podía mantenerse en pie, lo sacaron al pasillo, allí estaban las dos niñas, el resto de profesores, compañeros de la facultad, varios obreros de más de 60 años, una joven con aspecto extranjero, rubia, con la sangre cayéndole por los muslos, varias personas más al fondo de la oscuridad del pasillo a las que no pudo ver las caras.

Camacho habló con voz solemne: “Vamos a llevarles a otro centro de detención, tómense las pastillas con el vaso de agua, el viaje será largo hasta La Plata, es bueno que descansen en el camión”. Carlos Martín por su experiencia médica vio que eran sedantes, se los tomó junto al resto, mientras un oficial los inyectaba con una jeringuilla. El viaje fue corto hasta el aeródromo, no más de dos horas, allí como zombis los bajaron, atados con las manos atadas a la espalda los subieron al viejo avión. El médico canario sabía lo que pasaría, las niñas lo miraban asustadas desde los asientos de enfrente, una cabina sin butacas, fría como las noches de invierno en Buenos Aires.

Sobre La Plata a la media hora de vuelo los militares abrieron las puertas, el aire frio congelaba los recuerdos, casi todos estaban semidormidos, Carlos se mantenía despierto, lo veía todo, recordaba el vino de Tacoronte, las tardes de fiesta con sus compañeros de clase en La Laguna, María José, el amor de su vida, la muchacha de Candelaria, la que lo enamoró para siempre hasta el momento de la huída en el barco venezolano, las noches de fiesta, los paseos abrazados por la ciudad colonial, los besos salados en la clandestinidad del bosque de sauces. Todo eran recuerdos mientras iban tirando del avión uno a uno a sus compañeros, a las compañeras, a los camaradas del partido, a los profesores, en un ejercicio pormenorizado de crueldad los milicos se reían, se burlaban de una situación dantesca, del vuelo de los héroes y heroínas hacia el abismo.

Carlos cayó con dignidad, estremecido por los recuerdos de su amada tierra isleña, su madre aparecía en cada paso que daba por el habitáculo de hierro, sabía que no habría nada más allá de aquella cabina repleta de sangre. Su vuelo en la oscuridad fue uno más de los miles, abajo el inmenso rio de los sueños, la fraterna esperanza de la memoria perseguida cuyo cementerio es el olvido.


No hay comentarios:

Publicar un comentario