domingo, 5 de julio de 2015

El surco del sol hacia Bolivia

La cena transcurrió tranquila, como aquellas noches cuando Ernesto llegaba e inundaba la casa de aquel olor a tabaco negro y fragancias del verano en la selva. Aleida lo miraba con aquel disfraz del alma, solo ella lo conocía, los chiquillos jugaban con la comida, se entretenían viendo las manos taciturnas de ese hombre desconocido. Luego en el sillón Celia con sus cuatro añitos no se separaba de él. Al rato partió de repente, el abrazo final con su amada para no verse nunca más. La chiquilla se quedó sentada mirando el globo de colores: “Mami ese hombre estaba enamorada de mi”.

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