lunes, 6 de julio de 2015

Canto que ha sido valiente siempre será canción nueva

Joan llegó a la morgue la acompañaba aquel hombre taciturno, antiguo carabinero, con el que habló en la oficina del viejo cuartel cerca del Estadio Nacional de Chile. Entraron en la pestilente habitación, cientos de muertos en el suelo, amontonados, gente de todas las edades, hombres y mujeres, algunas caras conocidas, rostros cegados por la muerte, ojos abiertos como si buscaran un cielo estrellado tras el sucio techo del siniestro recinto.

Al rato entre varios cuerpos, pegado a la pared ensangrentada vieron a Víctor, las manos destrozadas, acribillado a balazos, el mismo rostro de tantos años de amor, una especie de sonrisa congelada, la de la satisfacción de morir sin espanto, como mueren quienes abrazan la esperanza.

La mujer se quedó sentada, el viejo policía no decía nada, solo miraban los ojos del cantor, todavía brillaban, era extraño pero afuera alguien cantaba, un sonido desconocido, una voz rota, gutural, alcohólica, entonaba entre unos balbuceos anónimos, casi muertos, que salían de las cámaras de tortura de aquel septiembre, una especie de lluvia helada se escuchaba en la azotea de la muerte, el brillo de una noche ausente en aquella ciudad con el corazón destruido.

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