jueves, 16 de abril de 2015

El último viaje

Manuel y Rosa trasladaron los escasos bultos con ropa y objetos personales al viejo coche de Fabián, el viento del antiguo Polígono de Jinámar hacía todavía más desolada aquella calle repleta de piedras y baches, una especie de paisaje después de la batalla en medio de los enormes edificios.

Al otro lado de la calle un grupo de hombres repletos de tatuajes esperaban clientes en el cotidiano mercado de la droga, de lejos un vehículo policial observaba, las miradas se cruzaban en una especie de consentida  y premeditada complicidad, no pasaba nada.

La pareja de ancianos llevaba siete años en la vieja casa ocupada, alquilada a bajo coste por un conocido usurero y narcotraficante de la zona, que controlaba un número considerable de viviendas en aquel valle olvidado por la caterva política, que solo visitaba a los vecinos meses antes de las elecciones.

El coche avanzaba hacia la capital, los dos detrás, Manuel tomó la mano de Rosa, la mujer lloraba, delante Fabián y su hijo Doramas no decían nada, el silencio marcaba el recorrido hacia el centro de personas sin hogar que le habían gestionado en los servicios sociales, horas antes la furgoneta municipal de recogida de animales se había llevado a sus dos gatas, las dos amigas que tenían desde hacía casi diez años, cuando los dos trabajaban en el sur de la isla, él de vigilante de obra y ella de limpiadora en varios hoteles.

Con más de setenta y cinco años se hacía difícil buscar alternativas laborales, la exigua pensión del hombre casi no les daba para comer, aún menos para cubrir los gastos de alquiler de una vivienda en condiciones, por la ventanilla se veían las calles repletas de propaganda electoral, rostros sonrientes, todo tipo de promesas que los dos ancianos miraban con desgana.

El tráfico inundó de repente cada espacio urbano, el humo, el ruido, miles de personas en las calles caminando sin rumbo, la mañana se hizo eterna, las manos unidas de la pareja, el olor a salitre mientras el tiempo parecía no avanzar, como un agujero de tristeza, un laberinto sin salida que interrumpía el latir de dos corazones arrasados, dos almas atadas, abrazadas en la ternura de un sueño inacabado.

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