lunes, 23 de marzo de 2015

Marcela enredada en el recuerdo

“Si mi niña, súbeme la bolsa del pan”, dijo doña Marcela a su nieta Julita que la llamó por el interfono del viejo piso del Polígono de Cruz de Piedra, la chiquilla hacía varios años que la visitaba siempre a la misma hora, cuando salía del cole para estar con su abuela y sus dos gatas, la mujer le preparaba la comida, no faltaba la tortilla de papas, los potajes de lentejas o de berros con gofio y queso, el caldo de cilantro, esa buena compañía hasta bien entrada la tarde, las dos juntas en el raído sillón viendo la telenovela, los programas de variedades y del corazón de aquellos años 80.

Ese día la anciana estaba más triste, algo contrariada, con la carta que le había llegado del Ministerio de Presidencia, de nuevo le habían denegado la ayuda por el asesinato de su marido a manos de los franquistas en agosto de 1.936 en el campo de tiro de La Isleta.

Todavía recordaba la mañana cuando lo detuvieron en Telde, en la subida de Lomo Magullo, mientras trabajaba como jornalero reparando carreteras. Ella llegaba en ese preciso instante con una fiambrera llena de carne compuesta con papas todavía caliente, cuando vio bajar de aquel coche negro a varios falangistas que fueron a por el, agarrándolo y maniatándolo violentamente con las manos a la espalda. Ella no tuvo más que acercarse, preguntar porque se lo llevaban y recibir un manotazo en la cabeza del gordo requeté Morales Cifuentes, un granadino capataz y mayordomo en las fincas del Conde de la Vega Grande en aquel municipio del sureste de la isla.

El sabor de la sangre en su boca mirando a Juan Moreno en el asiento trasero del auto de la brigada, su amado marido con destino al Castillo de Mata, según le dijo uno de los guardias que conocía del barrio, desde donde lo derivarían al campo de concentración de La Isleta, hasta la celebración del consejo de guerra sumarísimo.

Marcela le contó esa tarde a la chiquilla todo lo que había pasado, nunca lo había hecho, seguramente para evitar un sufrimiento innecesario a su dulce nietilla. Los detalles eran demoledores, las brutales palizas que el joven Juan le contaba a media voz cuando iba a verlo, las alambradas, la cercanía de los guardias y los curas tratando de escuchar lo que hablaban, el consejo de guerra junto a cinco compañeros miembros del Frente Popular y la Federación Obrera, la condena a muerte por fusilamiento, las breves noticias que le llegaban de aquel recinto del terror donde lo tenían encerrado junto a miles de hombres, el maltrato, la tortura, las muertes por hambre y tifus, todo un conglomerado de situaciones terribles, que llevaba todos aquellos años guardando en un lugar remoto de su memoria, tratando de poder seguir viviendo después de tanto dolor.

La niña miraba asombrada, como quien escucha una historia de terror, un terror real que se podía palpar, oler, sentir, que su abuela había vivido en tanto años sin decírselo a nadie, ni siquiera a su hija Mónica, tratando de escapar de aquel circulo de persecución, donde por ser esposa de un represaliado se le cerraban todas las puertas, los trabajos, encontrando solo algún puesto en condiciones de semiesclavitud en los tomateros, acosada sexualmente por los crueles encargados, teniendo que salir muchas veces al finalizar las duras jornadas en horario nocturno acompañada por alguna de sus compañeras, tratando de evitar que la violaran.

La viuda de un comunista no era bien vista, era presa fácil para tantos abusos, su belleza atraía a tantos buitres que le hacían la vida imposible, incluso cuando salía a la calle con su única hija de apenas cuatro meses cuando mataron a Juan, ningún vecino le hablaba, se pasaban a la otra acera, no la saludaban, todo era parte de un proceso brutal, que no solo terminaba con la muerte del ser querido, la tortura psicológica seguía, era interminable y hasta su niña, cuando comenzó en el colegio, tuvo un trato diferente de humillaciones y burlas por parte del profesorado y gran parte del alumnado.

Marcela sacó las pocas fotos que le quedaban de Juan de la vieja caja de madera, una imagen en un carro de caballos el día de la boda, una de su marido en un equipo de fútbol del barrio de La Isleta, otra del bautizo de Mónica, la humilde celebración bajo los árboles de San José del Álamo. La niña no perdía detalle, descubría esa parte oculta de su abuela, la del amor eterno, la que le hizo no tener más relaciones después de aquel agosto, la condena voluntaria a una soledad premeditada, recordando cada día de su vida entre una fragancia de flores nuevas, los breves y mágicos instantes de felicidad.

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