miércoles, 11 de marzo de 2015

Los espacios perdidos al otro lado del mar de Juan y Silvina

Lo habían detenido en las cercanías de la Casa de la Moneda en Santiago de Chile aquel 11 de septiembre, Salvador Allende ya había sido asesinado y la represión era generalizada, una cacería humana sin precedentes en aquella bella ciudad, corazón de América, con aquel gobierno de la Unidad Popular, semilla de esperanza y dignidad.

Juan Florido se había marchado de Canarias en marzo de 1.945, después de salir del campo de concentración, cuando la represión en las islas era terrible y habían asesinado a gran parte de sus compañeros, fusilados en el campo de tiro de La Isleta, desaparecidos en la Sima de Jinánar, en los pozos de Arucas y Tenoya, la Mar Fea y tantos lugares de la muerte, donde los falangistas, los curas y terratenientes cometían sus brutales asesinatos de estado.

El joven había logrado embarcar de forma clandestina en un barco que iba destino Senegal, para después de pasar varios años en el país africano, lograr partir hacia Argentina, un duro viaje en cubierta sin casi comida, con temperaturas terribles, hasta arribar al humilde puerto de Buenos Aires, allí lo esperaba su tía Clara Corujo, que se había marchado unos años antes para evitar que la detuvieran por su militancia anarquista en la isla de Lanzarote.

En pocos días se integró en el trabajo agrícola de las afueras de la gran ciudad, conociendo a la que años después sería su esposa, Silvina Squaglia, una mujer de Rosario, militante del peronismo revolucionario. En unos meses ya estaban siempre juntos, se acercaban a Misiones para ver las cataratas y quedarse en casa de una de las hermanas casada con un brasileño de Foz do Iguaçu, los viajes a la Quebrada de Humahuaca, aquellos días mágicos en Tilcara en la casita de barro de Miguel Heredia, el humilde maestro rural y compañero de lucha.

Al cabo de los años a Juan le ofrecieron un trabajo en Mendoza, desarrollando su labor de experto agricultor en un gran latifundio dedicado al cultivo de la uva para el vino, allí pasaron dos años, pero tras una huelga general fue detenido en un piquete y maltratado en la gendarmería de forma brutal, a los pocos días salió y lo primero que hizo junto a Silvina fue escapar hacia Chile, asentándose en Santiago en la casa de una familia canaria de La Gomera apellidada Fumero.

Fueron días muy duros hasta aclimatarse a esa nueva realidad, conseguir trabajo en una fábrica de las afueras, donde lograron asentarse, conseguir una nueva casa cerquita de la población Herminda de la Victoria, donde tuvo la oportunidad de afiliarse al partido comunista, conocer en persona a Pablo Neruda, a Víctor Jara y más tarde, tras la constitución de la Unidad Popular, tener la oportunidad de ver en directo al gran Salvador Allende, un hombre tan cercano y del pueblo que era capaz de pararse en la calle para hablar con cualquiera, preguntar por los problemas de la gente, cada batalla para la construcción de esa nueva esperanza que nació para acabar con el hambre y la miseria del pueblo chileno.

Silvina vio como se lo llevaban desde el otro lado de la calle en la manifestación, los aviones norteamericanos bombardeaban la sede presidencial, observó con inmensa pena, como lo introducían a golpes en el camión militar camino del Estadio Nacional, donde ya ocupaban sus gradas más de 5.000 defensores de la democracia y la libertad.

La mujer fue acogida en la casa de Jane Montoya, una pintora surrealista y amiga norteamericana, que trabajaba como agregada cultural en la embajada, allí pasó varios meses hasta lograr salir hacia Canadá con pasaporte de los Estados Unidos, a un exilio eterno, donde jamás supo de su compañero Juan, del canarito que tanto amaba, en paradero desconocido como miles de chilenos y chilenas, desaparecidos por un gobierno fascista, encabezado por el criminal de lesa humanidad, general Augusto Pinochet.

Juan Florido se sentó en las gradas después de haber sido torturado en los pasillos de los vestuarios, aquello era él averno, se escuchaban muchos gritos, disparos, ráfagas de fuego, el infierno comenzaba y terminaba en aquel estadio, donde le cortaron las manos a Víctor Jara antes de asesinarlo, desde el momento en que lo identificaron como un personaje famoso vinculado a la izquierda.

El canario sangraba por la nariz con el tabique partido del cabezazo de un militar con aspecto de indio mestizo, tenía un brazo fracturado y la cara destrozada por lo golpes.

En ese instante recordó lo durísimos días en el campo de concentración de La Isleta en Gran Canaria, las técnicas eran las mismas, el mismo odio, la misma forma de golpear, de maltratar, de insultar, de alienar. Hasta el cielo brillaba igual a tantos kilómetros de su tierra, un paraíso aéreo limpio en septiembre de 1973, las gradas llenas de sangre, donde hasta hacía pocos días los hinchas celebraban los goles de su equipo, las jugadas maestras, los regates de jugadores técnicos y veloces.

Ahora todo era dolor, Juan Florido, callado, cabizbajo, lloroso, jamás imaginó que lo que ya había vivido en Canarias volvería a suceder, que el terror fascista era el mismo en cada lugar del planeta donde era potenciado, financiado, en este caso por el imperio norteamericano, por el poder financiero internacional, por trasnacionales mafiosas, que en Chile quisieron acabar con todo, con la esperanza de un pueblo, con un presidente heroico hijo del pueblo trabajador, ahora asesinado tras negarse a abandonar su cargo, aquella inmensa dignidad, después de ser elegido masivamente en unas elecciones democráticas.

Grupos de militares y civiles armados obligaban a los hombres y mujeres a bajar a los sótanos del estadio, estaban cerca de Juan, no podía hacer nada, solo mantenerse en su puesto, esperar la llegada de la muerte. El recinto era un clamor, la escasa resistencia con silbidos y cantos era reprimida salvajemente, mientras una ambulancia y varios miembros de la Cruz Roja miraban para otro lado.

En unos instantes lo agarraron y a empujones lo obligaron a bajar a las tinieblas, allí todo era sangre, alaridos de dolor por las torturas, mujeres que repelían con llantos las violaciones de los milicos, todo tipo de abusos sexuales, niños pequeños que corrían desesperados buscando a sus madres que habían sido asesinadas.

Los momentos eran terribles, le pegaban atado de pies y manos en el suelo, pudo observar a un militar español de alta graduación, teniente coronel de infantería parecía, que actuaba junto a los militares chilenos y varios sacerdotes pistola al cinto, mientras se le acercaba y le apretaba el cuello: “¿Tu eres el rojo canario?”, le dijo, poniéndole una pistola en la cabeza: “¿Sabes que soy de Madrid, que te vamos a matar hijo de la gran puta?” “Eres la misma escoria que tus amigos de la España roja y republicana”.

Juan lo miró sin decir nada, una mirada amenazante, un aire de ternura, como de haber desaparecido cualquier atisbo de miedo, no tener nada que perder, esbozando una sonrisa leve desde unos labios destrozados. El militar madrileño le dio un rodillazo en la cara, Juan se revolcó de dolor y siguió sonriendo ahora a carcajadas, justo en el momento en que el militar castellano le descargó el cargador de la 9 mm en la cabeza.

Los disparos se mezclaron con las ráfagas de ametralladora, los gritos de las torturas sobre miles de hombres y mujeres de todas las edades. Era uno más de aquellos miles de asesinados en Chile, un trocito de isla volcánica en el continente del dolor, una folía rebelde inundada de sangre en la antesala de la cordillera.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es/

Estadio Chile (1973) tras el golpe de estado fascista del general Pinochet y los Estados Unidos

1 comentario:

  1. Cuanto dolor, cuantas verdades juntas. Malditos fascistas asesinos.

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