miércoles, 18 de marzo de 2015

El sur del sur barranco abajo

La carretera de Temisas a Santa Lucía era demasiado transitada aquella noche, no dejaban de llegar noticias de Aguimes de varias detenciones, incluso de un posible tiroteo en la zona de Arinaga entre falangistas y varios miembros del Frente Popular, donde al parecer se habían producido varias muertes del bando republicano.

Demetrio Acosta y Santiago Calcine salieron la madrugada del lunes 20 de julio de 1.936 a un destino incierto, la consigna que llegaba desde Las Palmas de Gran Canaria era de resistir pacíficamente, Demetrio, abogado y sindicalista, secretario de la Federación Obrera del sureste, había hablado el día antes con el diputado comunista, Eduardo Suárez, la voz dulce y contundente del defensor de las mujeres tabaqueras sonaba con la tranquilidad que le caracterizaba, siempre con una enorme amabilidad, le dio las instrucciones pertinentes para mantenerse a la expectativa, no estaba nada claro lo que estaba sucediendo, incluso muchos creían que aquel movimiento era una huelga auspiciada por los sectores más reaccionarios junto a la iglesia católica, Suárez trasmitía siempre la misma serenidad, resistir, no abusar del poder, respetar a quienes pensaban diferente, tratar de serenar y enfrentar desde la legalidad vigente cualquier alteración del orden público.

El coche del ayuntamiento iba sereno entre los baches, casi a las seis de la mañana por la carretera de tierra, el cielo despejado, limpio entre las montañas, al fondo se avistaba bajo las estrellas el mágico Roque, conocido por los antiguos canarios como Aguairo. Una especie de premonición terrible iba en la mente de Santiago, no decía nada, los dos en silencio bajo la inmensidad del cielo avanzaban hacia el sur de la isla, la idea reunirse con los compañeros, tratar de saber que estaba sucediendo en Canarias, en toda España, con noticias muy difusas, rumores de ruido de sables, asesinatos, desapariciones masivas, miles de personas detenidas a las pocas horas del alzamiento.

Al trazar una curva cerrada escucharon disparos, lo que les hizo detenerse y aparcar el auto a la derecha de la raída calzada. Se bajaron y se asomaron al acantilado, viendo como a menos de un kilómetro el fuego de las detonaciones, gritos desesperados de varios hombres que eran golpeados salvajemente, una voz con acento inglés daba órdenes, gritaba, lanzaba arengas en una diatriba casi ininteligible, complicada por el escaso conocimiento de la lengua castellana.

Lograron identificar en poco minutos al grupo, eran varios de sus compañeros de Santa Lucía, Maspalomas y Mogán, Ernesto Santiago, Juan González, Pedro Álvarez, Gustavo Santana y tres más que no conocían, todos atados con los brazos a la espalda, arrodillados en fila de uno y Antonio Sosa, encargado de la finca de tomateros del cacique británico, golpeando con barras de hierro junto al hijo del conde las espaldas de los desgraciados reos, el inglés rebuznaba todo tipo de insultos, más abajo de la pista de tierra un grupo de guardias civiles apuntando con los fusiles entre varios camiones y vehículos policiales.

Los dos hombres se quedaron en la loma, no sabían qué hacer, si seguir o regresar, lo primero que decidieron a toda prisa, muy asustados, fue meter el coche por la entrada de un pequeño barranco, ocultarlo entre las tabaibas y cardones, mientras desde arriba veían todo, incluso el momento en que un falangista con bigote y correajes vació el cargador de su pistola en la cabeza de Ernesto Santiago, al parecer el sindicalista le dijo algo que enfadó mucho al fascista, la sangre salpicaba, manchando al resto de los detenidos que gritaban y lloraban revolcándose en el suelo.

Luego fue todo muy rápido, el hijo del conde y el terrateniente inglés ordenaron a los guardias civiles disparar sobre los hombres arrodillados, el barranco parecía estallar como un volcán en erupción, un ruido atronador de disparos, fuego y humo que pareció detener por un momento el tiempo en la isla de Gran Canaria, Demetrio y Santiago no se creían lo que veían, los cuerpos de sus amigos y compañeros tirados en el suelo, mucha sangre, un cura que les pareció al párroco de San Bartolomé de Tirajana dando la extremaunción a los muertos, echándoles por encima agua bendita y rezando un padrenuestro.

El inglés con una cruz gamada en el brazo ordenó que metieran los cadáveres en los camiones, dijo algo de llevarlos a los riscos de Arteara, a un pozo de Fataga de su propiedad, daba la impresión de que no tenían muy claro que hacer en ese instante, como deshacerse de tanta sangre mezclada con la tierra seca de los tomateros.

Desde la altura se divisaba todo el entramado terrible, el grupo numeroso de falangistas, guardias civiles y varios paisanos, entre ellos un conocido empresario tabaquero que sentado contemplaba la escena, un laberinto de sombras que según aclaraba el día se apreciaba mejor, identificando las caras, los rostros conocidos de la patronal sureña, altos cargos de la policía, miembros de la derecha política isleña, varios curas más con sotana y pistola al cinto, demasiada gente para tan pocos muertos.

Arriba paralizados, cuerpo a tierra, desolados, Demetrio y Santiago no decían nada, el silencio llegó cuando partieron los camiones con los asesinados, los coches repletos de uniformados, solo quedó la sangre, la tierra revuelta, la barra de hierro ensangrentada, el viento que levantaba el polvo, restos de un dolor indescriptible en aquella mañana de un estremecido verano.

Los dos decidieron partir, abandonar el auto, caminar por los barrancos de Temisas, muy cerca de varias cuevas de los indígenas, avanzar hacia la cumbre, hacia un lugar seguro donde resistir en medio de la naturaleza, con la esperanza de no ser capturados, conscientes de una muerte segura si acababan en manos de los fascistas.

Desde lejos dos guardias civiles con prismáticos los observaban sonrientes, el sargento Lima encendió el virginio con una inmensa tranquilidad, sabían que al final del barranco les esperaba la brigada del amanecer, que no tendrían salida, que su inevitable destino sería la Sima de Jinámar, donde serían arrojados vivos esa misma noche.

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1 comentario:

  1. Sus criminales herederos siguen matando ahora con recortes, desahucios y tramas corruptas generalizadas.

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