jueves, 26 de marzo de 2015

El santificado robo de niños o el viento de la ausencia

Pedro Dávila y su hermano Carlos llevaban dos semanas en la Casa del Niño en el barrio de San José, el fusilamiento de su padre se había producido el 23 de marzo de 1.937 en el campo de tiro de La Isleta, las monjas de Falange les instruían sobre las normas a seguir, la hora de levantarse, salir al patio a cantar el “Cara al sol” brazo en alto, acompañados por Don José el cura fascista, el mismo que participaba en los ajusticiamientos, donde daba las bendiciones, la extremaunción  y si se terciaba el tiro de gracia en la nuca de los reos.

Los dos hermanos de siete y cuatro años se habían quedado sin familia, su madre había muerto dos años antes de tuberculosis en el barranco de Guayadeque, sureste de la isla de Tamarán.

La militancia comunista de su padre, Saturnino, lo había condenado con apenas 29 años, en el consejo de guerra sumarísimo, presidido por el Teniente Coronel y juez togado, Pérez-Camacho, no le dieron ninguna oportunidad de defenderse, ni a él ni a sus cuatro camaradas, acusados de rebelión, simplemente por custodiar la telefónica del pueblo el día del golpe de estado, con un sumario cargado de todo tipo de mentiras para justificar la sentencia de muerte. El abogado de la defensa era un militar fascista que prácticamente no intervenía, se limitaba a acatar las acusaciones del Capitán y fiscal, un tipo muy delgado, desgarbado, con gafas negras y bigote, apellidado, Manrique de Lara.

Los niños pasaban por una grave crisis de ansiedad, no dejaban de llorar en aquel recinto repleto de simbología religiosa, con una rigurosa disciplina y todo tipo de maltratos a los que se fueron acostumbrando con el paso de los meses, acompañados por sus compañeros, que en su mayoría también eran hijos de asesinados por el franquismo, chiquillos de toda la isla, también de Fuerteventura, Lanzarote y el Sahara Español.

Entre misas, cánticos patrióticos y las clases diarias impartidas por curas y beatas se fue pasando la tristeza, para convertirse en un estado de supervivencia cotidiana, donde el principal objetivo de Pedro era proteger a su hermano Carlos de los abusos de los curas pederastas, de las palizas de las monjas, de otros niños que hacían de chivatos y colaboradores de aquel régimen de terror.

El hermano pequeño era mucho más vulnerable, por su edad no entendía nada de la situación, todavía seguía creyendo que su padre vivía, las monjas le habían dicho que se había marchado a un país lejano, que los había abandonado por ser un pecador, una especie de demonio marxista con cuernos y rabo que no lo quería.

A los seis meses de internamiento los separaron y se  llevaron a Carlitos entre llantos a otra sección del hospicio, donde casi no tenía contacto con su hermano, a la semana lo volvió a ver en el comedor acompañado por una monja más joven que lo llevaba de la mano. Pedro intentó acercarse para hablarle pero Don José el cura lo golpeó con la fusta de caballo que siempre llevaba al cinto de la sotana: “Ven aquí cabrón rojo de mierda, no te acerques a tu hermano que tienes sangre de demonio”.

El niño llorando vio como se llevaban a su hermanito a la oficina de la madre superiora, allí esperaban un hombre y una mujer muy bien vestidos, el hombre llevaba uniforme de falange con correajes y galones que no supo identificar, la mujer una blusa malva y una falda marrón, con collares en su cuello. Desde lejos vio como el cura y la monja entregaban al niño, recibiendo un buen fleje de billetes en sus manos del mando requeté, Carlitos lloraba, gritaba que quería ir con su papá y con su hermano, pero todo fue imposible, el hombre lo redujo, le golpeó la cabeza en una especie de coscorrón muy fuerte, mientras la mujer lo cogió violentamente de la muñeca para introducirlo en un coche negro con chofer que esperaba en el patio.

Aquel auto partió a toda velocidad y Pedro miraba desde la ventana del comedor, viendo como se lo robaban para no verlo más. Solo cuando pasaron más de veinte años, una vez abandonó la Casa del Niño se enteró que se lo habían llevado a Sevilla, que el falangista era un personaje muy conocido por los crímenes cometidos en la ciudad de Badajoz sobre miles de republicanos, mano derecha del general Yagüe y miembro de la oligarquía andaluza.

A través de camaradas de su padre en la ciudad de La Giralda, concretamente Antonio Calatrava y Ernesto Avalo, miembros del PCE en la clandestinidad, logró información sobre el destino de Carlitos, descubriendo que el falangista y su mujer se lo vendieron a una familia de Alicante a los pocos meses de su traslado a Sevilla.

Con el paso de los años Pedro siempre tuvo esperanzas de volver a encontrarlo pero fue imposible, nunca conoció la identidad de esa familia, la Iglesia Católica participó activamente en ese negocio millonario de robo de niños en toda España, con la colaboración de falangistas, militares y miembros de los actuales partidos mayoritarios del régimen monárquico español.

Pedro Dávila falleció en 1.987 en su casita de Arucas, una foto vieja enmarcada junto a su cama con la imagen de Cándida, su madre, de su padre y de Carlitos, abrazado a un perrito blanco, fue su único legado, cada noche los miraba, se aferraba a los años de una infancia feliz antes de estallar la tormenta de la sangre.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es/

1 comentario:

  1. Cuanta basura junta en la podrida Iglesia Católica y el putrefacto gobierno franquista español. Cuanto sufrimiento han generado y generan estos comemierdas.

    ResponderEliminar