viernes, 20 de marzo de 2015

El abrazo

El sonido de “la pirenaica” llegaba cada noche desde la antigua cueva del barrio troglodita de Tamaraceite, ese pueblo que en su Montañeta albergó antes de la conquista de Canarias una de las poblaciones indígenas más grandes de la isla de Tamarán. Juan Viera era un asiduo de la casa de Cillo Ramírez, cada noche llegaba y daba palmadas en la puerta: “¿Quién es?” ¡Paz! respondía el visitante, mientras en la parte más oculta de aquel hogar humilde estaban reunidos varios miembros de la célula.

Domingo Santana, Juana Morales, Esteban Soto, ya tenían preparado el pizquito de queso de Guía, los vasitos de ron Arehucas carta blanca, el buchito de café y leche, habitual en aquellos encuentros del año 1.954 en el secuestrado, vilipendiado y asesinado municipio de San Lorenzo.

Se hacía inevitable recordar a los jóvenes mártires, a los cinco fusilados, a su alcalde comunista, Juan Santana Vega, al secretario municipal, Antonio Ramírez Graña, al subinspector jefe de la policía municipal, Manuel Hernández Toledo, a los sindicalistas Matías López Morales y Francisco González Santana, los camaradas estaban presentes en el recinto aborigen, la vieja mesa de madera con el viejo mantel manchado de viejas gotas hirvientes del caldo de pescado, de algún sancocho remoto cuando había cherne salado y papas nuevas, presidía aquel espacio humilde, con restos de grabados rupestres libico-beréberes excavados en la toba basáltica.

Los cinco estaban presentes, no los podían olvidar, los años de cárcel hacían imposible dejar de lado la masacre cometida en ese pueblo isleño, las torturas masivas, las violaciones de varias mujeres por los falangistas y guardias civiles, el asesinato en su cuna del bebé Braulio González García, a manos de uno de los sublevados contra la legítima y demcrática República, las detenciones masivas, el campo de concentración, el día del último pleno municipal con mayoría del Frente Popular, la celebración de la noche del triunfo, donde por primera ganaba un frente de izquierdas, una coalición para la esperanza de un pueblo contra años de represión, sueldos de basura, semiesclavitud, jornadas de trabajo de sol a sol, derecho de pernada, todo tipo de abusos de poder de una iglesia católica y una oligarquía corrupta y criminal.

La radio sonaba con las interferencias del régimen, pero se entendía: “Escuchas la voz de España, la voz de la democracia, la voz de la libertad, la voz de la resistencia al régimen fascista del general Franco”. Así comenzaba cada noche aquel ritual mágico, impregnado de un halo de nostalgia, quizá de tristeza comedida, unas ansias de cambio, de acabar con aquel velo de tristeza que obstaculizaba las vidas de aquellas personas, un recuerdo cegador, enemigo de la alegría, del cuidado roce de la brisa en los corazones libres.

El nieto de Cillo observaba desde el patio de picón, jugaba con sus muñequitos de las bolsas de detergente, un ejército de jinetes blancos en sus caballos, los “más poderosos” con una lanza, cascos con plumas, un avance militar entre macetas y helechos colgantes que invadían el territorio de la batalla. El chiquillo ya estaba acostumbrado cada noche a ver aquellas caras, las conversaciones en baja voz, las consignas de las voces lejanas que desde Francia alumbraban un futuro mejor, sin asesinatos, sin torturas, con democracia y libertades, una tercera República que expulsara del poder a la mafia franquista, a los corruptos borbones que ya esperaban la oportunidad de recuperar lo que habían robado durante años de monarquía, seguir expoliando el patrimonio público, abusando de un poder desmedido por el que fue expulsado el rey delincuente Alfonso XIII, acompañado de toda aquella comitiva siniestra, donde la consanguinidad, las bacanales sexuales, la subnormalidad, marcaban el devenir de aquellos seres nacidos para saquear, reprimir y destruir el bienestar de los pueblos.

La velada terminó enseguida, demasiadas conversaciones inacabadas, como siempre se fue rápido, cuando a las once de la noche llegó Frasquita con su vestido negro de luto eterno por su madre asesinada, avisando de que podían salir de uno en uno, arribar al Paseo de los Mártires y meterse por distintos callejones, no ir directamente a sus casas, pararse, observar si por la carretera general había algún coche aparcado, si las luces de todas las casas estaban apagadas, para ir directos a sus hogares con la esperanza de aguantar un día más sin ser detenidos.

Juana lo primero que hizo al llegar a su casa de La Mayordomía fue ir a la cama de su hija, la muchacha de casi 35 años seguía en estado casi vegetal, la violación masiva de los falangistas y requetés en el camino viejo de San Lorenzo la había destruido, no hablaba con nadie, no salía de la casa, le tenía miedo a todos los hombres, sobre todo a los uniformados, la militante comunista se metió con ella en su lecho, se abrazaron como cada noche, acariciando sus oídos con aquella vieja canción infantil, un susurro de voces suaves y ternura, ese infinito amor que solo puede existir entre madre e hija. Se durmieron piel con piel  en el arrullo de la brisa de abril.

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