martes, 24 de febrero de 2015

La tortura de los sueños sagrados

El Land Rover atravesó la calle Tomás Morales, dentro varios “grises” con metralleta, atrás en “la jaula” dos hombres jóvenes con barba, pelo largo y ropa vaquera, camisetas Lee Jeans y los ojos hinchados de los golpes. El comisario Tejada les daba con el puño abierto en sus cabezas, iba con ellos, sentado entre los dos, gritaba encolerizado, les pegaba todo el rato, les apretaba los testículos. Era un personaje con el pelo engominado y bigote fino, vecino de un pueblo de Toledo, llevaba varios años destinado en Las Palmas, sus “buenas prácticas” en la Dirección General de Seguridad en Madrid le habían generado un gran prestigio, un halo de crueldad que generaba miedo hasta en el resto de miembros de la Brigada de Información, sus ojos marrones parecían de loco, una bandera de España en el reloj, una insignia en el pecho con el yugo y las flechas definían aquella siniestra estampa.

Javier Morales y Antonio Moreno estaban juntos en la calle Triana cuando los detuvieron, la manifestación de estudiantes acabó muy mal, los rodearon desde San Telmo a la entrada de Vegueta, no tenían salida, solo meterse en los comercios, donde sus dueños los delataban avisando a los esbirros, que los esposaban a golpes, sacándolos a patadas hasta meterlos en los coches y furgones enrejados.

Ambos tenían 17 años, estudiaban en el mismo instituto, afiliados al movimiento de estudiantes casi desde que salieron de la EGB, aficionados a la música de protesta, las canciones de Víctor Jara, Quilapayun, Labordeta, Silvio, Pablo y toda aquella clandestina trova, poesía y música que apaciguaba el alma, que escuchaban en los encuentros de los sábados en la vieja casa de la playa de Las Canteras, donde vivía la novia de Antonio, Silvia Monteagudo, la joven gaditana, cuyo padre trabajaba como capitán en los viejos barcos de una compañía noruega.

El jeep policial paró en la puerta de la comisaría de la Plaza de la Feria, el comisario Tejada le acababa de dar un codazo en la nariz a Javier, la sangre le brotaba a borbotones, por un momento perdió el conocimiento, recuperándolo cuando se abrió la puerta y los sacaron a empujones entre varios policías armados, casi en volandas los llevaron a un oscuro pasillo, la entrada de aquella guarida del terror, se escuchaban gritos en cada habitación, golpes, descargas eléctricas, un sonido seco y un olor carne quemada.

Aquel viejo policía los agarró por la camiseta, acercó su cabeza, susurrándoles al oído: “De aquí solo se sale muerto puercos rojos”, Javier no le quitaba la mirada y en ese momento le dio un cabezazo que lo tumbó redondo al suelo, al momento varios uniformados comenzaron a darle patadas de forma salvaje. Antonio se arrimó a la pared de aquel pasillo con las paredes manchadas de sangre, pero lo despegaron a golpes varios tipos de paisano junto a dos falangistas vestidos de azul, uno de ellos con una gorra roja calada que le tapaba uno de los ojos.

El pibe del barrio de Zarate vio como se llevaban a Javier, como ser perdía al final del pasillo acompañado del comisario y dos somatenes, sentado en el suelo, ya no se mantenía de píe, se quedó en aquella esquina junto a una de las celdas, esperando que de nuevo lo golpearan, se había orinado encima, la sangre la corría por los ojos, le enturbiaba la visión, cabeza gacha se quedó esperando, tratando de desaparecer, de fundirse y ser parte del hierro de las rejas de cada ventana.

Tejada levantó por los brazos a Javier, le hizo una especie de llave, empujándole los brazos contra el cuello, el joven no se quejaba, no decía nada, solo se escuchaba su respiración acelerada, eso desafiaba aún más al fascista: “Habla cabrón” “Dame nombres, teléfonos, direcciones del resto de la célula o te parto por la mitad hijo de la gran puta”.

Lo llevaron a un sótano, apestaba a humedad, a cloaca, solo se escuchaba un llanto de mujer, era como entrar en otra dimensión, un lugar inmensamente lúgubre, del techo caían gotas de agua, hacía mucho frío: “Tengo una sorpresita para ti chaval”. Javier no se inmutaba, solo resistía, los golpes secos en su cabeza, en su vientre.

Se abrió una puerta y salieron dos falangistas acompañados de un guardia civil con tricornio, dentro se escuchaban gemidos y gritos, una mujer ataba sobre una especie de mesa de taller, desnuda, la manos atrás encadenadas, las piernas abiertas, los tobillos aprisionados por dos sogas de pitera que le cortaban la carne a altura de los tobillos.

“¿La conoces?” dijo Tejada, “¿Sabes quién es?” En ese instante el muchacho vio su rostro, el pelo rubio enredado, aquellos ojos verdes llenos de lagrimas y sangre, era Silvia. Por un momento todo le pareció una pesadilla, quiso despertar, pero era imposible, era ella, era su amada, de la vagina le manaba sangre, sus pechos cortados, solo le quedaba la mirada, aquella mirada de la que se había enamorado en la verbena de la Plaza del Pilar aquella noche de mayo.

“Ahora vas a hablar ¿Verdad?” “Aquí la tienes, tu querida novia, la hija del gaditano, ya se la ha follado medio cuartel”, “¿Quieres que le metamos un hierro caliente por el coño?” El muchacho trató de soltarse, era imposible, Silvia lo miraba: “No digas nada Javier, yo ya estoy muerta, no digas nada por favor”.

En ese momento uno de los fascistas, de unos 50 años, gordo, barrigón, calvo, sudoroso, se bajó la cremallera y empezó a violarla de nuevo. Javier gritaba, una especie de alarido de animal herido, casi no podía moverse, lo agarraban, lo obligaban a mirar, a contemplar el martirio de lo que más quería en el mundo.

El muchacho se quedó callado, llegó hasta el final, al rato todo era difuso, su mente se nubló, ya no era él, Silvia dejó de gritar, la habitación se impregno de una energía desconocida, de un olor a putrefacción, ni los policías se atrevían a hablar, la chiquilla dejó de respirar por la hemorragia, solo Tejada, gritaba: “Sáquenlo de aquí a este hijo de puta, sáquenlo ya, no quiero verlo más, no quiero verlo más…”.

Aquella noche fue interminable, una especie de viaje hacia lo desconocido, una muerte en vida, el final de un sueño sagrado.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es/

La noche de los lápices (1995) - Mural de 3 x 5 metros obra del artista César López Claro (1912-2004)

1 comentario:

  1. Lo más grave de todo esto es que los herederos de estos criminales de lesa humanidad siguen incrustados en cada eslabón de un estado corrupto.

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