lunes, 26 de enero de 2015

Fueguitos entre el incendio del mundo

Esa mañana de abril Lola despertó temprano a los chiquillos, solo hacía dos semanas que habían fusilado a su querido Pancho, en la casa no había comida, ni ingresos, se había agotado el gofio y casi no quedaban papas en la cueva del fresco. Salieron juntos por la carretera general de Tamaraceite e iniciaron el camino hacia Las Palmas. Lorenzo el más pequeño, de solo dos años en sus brazos, Diego y Paco andaban a paso lento cabizbajos, todavía con el miedo en el cuerpo por el asesinato de su hermano Braulio en su cuna, habían sido testigos directos desde el camastro que compartían, todavía la sangre del bebé manchaba las paredes de cal y barro.

Desde las ventanas, casi ocultas, las vecinas miraban, no decían nada, el miedo cerraba bocas, solo Rosa, su tía, los acompañó hasta el puente, las dos vestidas de negro, un luto riguroso, unas caras muy tristes, una especie de peregrinación a ninguna parte, que solo fue empañada cuando el cojo Acosta pasó a su lado y escupió en las piernas de Lola, lanzando una serie de insultos: “¡Rojas asquerosas! En pocos días iremos a buscar a estos desharrapados para internarlos en una escuela de Falange”. Los chiquillos llorando, aterrados, se abrazaron a las faldas de su madre, solo Rosa le contestó, se plantó a dos metros del jefe de Falange y le dijo: “¿Tan valiente eres de venir a amenazar a dos mujeres desamparadas? ¿Por qué no te atrevías a hacerlo cuando el año pasado saliste de la cárcel por violar a dos niños? ¡Maldito, sinvergüenza, asqueroso, abusador!”

En ese momento se hizo el silencio, Acosta miraba como desconcertado, al momento bajaron del antiguo ayuntamiento varios requetés con fusiles. El cojo les dijo que: “No pasa nada, no pasa nada, estas putas rojas que todavía se creen con derecho a pasearse por nuestro pueblo, déjenlas ir, déjenlas, que quien mal anda mal acaba”.

Las mujeres se despidieron en La Guillena, Rosa abrazó a los chiquillos que lloraban, trató de tranquilizarlos pero fue inútil, le pasó el brazo por encima a Lola, que parecía una muerta viviente, pálida, blanca como la cal viva, con los labios temblándole desde la noche que avisaron del fusilamiento de Pancho, del resto de sus camaradas, del alcalde comunista de San Lorenzo, de Juan Santana Vega, de todos aquellos grandes amigos de la infancia en aquel pequeño pueblo isleño, el honrado y prospero municipio de San Lorenzo en la ensangrentada isla de Gran Canaria.

El camino se hizo largo por la lluvia, las barranqueras corrían, no tenían donde refugiarse bajando por Mata, los niños tenían frío, Lola solo les colocó la vieja manta sobre sus cabezas, ya quedaba menos para llegar a la calle Triana, cuando vieron que en las calles había mucha gente, hombres y mujeres vestidos de azul, banderas rojigualdas, azules con las flechas fascistas, todo el mundo caminaba rápido, la euforia se respiraba. Lola paró un momento cerquita de la Capitanía General, el mismo lugar donde llevaron a Pancho la noche de su detención. 

Se sentaron los cuatro en el bordillo y un barrendero se paró a saludarla, era amiga de su marido, del sindicato, de la Federación Obrera. Le dio un beso a los chiquillos, un beso en la mejilla a ella, era Juan Herrera, del Risco de San Nicolás, un hombre bueno, que había escapado de las detenciones porque su mujer trabajaba como criada en la casa de la Marquesa de Arucas, tenía dos hijos bastardos con el hijo del conde. Gracias a eso se libró del campo de concentración, de que se lo llevaran junto a sus compañeros sindicalistas.

Hablaron solo unos minutos, no era conveniente que los vieran juntos, además las calles estaban llenas de fascistas. Le dijo a Lola: “¿No sabes nada muchacha? Franco esta hoy en la isla, hay un desfile en Triana en un rato, ten cuidado por si alguno de estos cabrones te conoce y te hace algo” La mujer solo agachó la cabeza, le costaba hablar, había sufrido demasiado, por su mente solo pasaba la imagen del niño con la cabeza destrozada, la sangre, el recuerdo de su amado Pancho ahora muerto, enterrado en la fosa común del cementerio de Las Palmas.

Se despidieron sin despedirse, con una especie de mirada y partieron hacia Triana, la idea era empezar ese día a mendigar por las calles, acercarse a la Plaza del Mercado en Vegueta, recorrer las casas de los ricos, buscar misericordia para una viuda con tres hijos, sin medios para sobrevivir.

Triana ese día estaba lleno de banderas, de flores, de cruces y santos. Las señoras asomadas a los balcones, las ventanas repletas de gente, de niños y niñas, monjas y curas buscando el mejor sitio para ver al caudillo, miles de personas alegres, dando vivas a España, a Falange, al glorioso alzamiento nacional.

Lola y los chiquillos se quedaron en una esquina, Lorenzo dormía plácidamente en sus brazos, tenía mucha tos, llevaba días malito de tosferina. La gente la miraba de reojo, solo alcanzó a recibir algunas monedas, casi nada, ni siquiera había para comprar un poco de arroz, pero se mantuvo, la lluvia caía, los hombres fumaban, el humo de tabaco de virginio creaba una especie de nube sobre las cabezas de la eufórica masa.

En ese momento se vio llegar la comitiva, la gente gritaba: “¡Franco, Franco, Franco!”, le vio aparecer en su coche negro, saludando con la mano, alzando el brazo, a su alrededor todo el mundo daba alaridos de alegría, las mujeres chillaban, lloraban de emoción, Lola con Lorenzo casi no podía moverse, Diego y Paco se abrazaban a sus enaguas asustados, seguían teniendo mucho miedo. En ese preciso instante, como una especie de avalancha, un hombre calvo, con bigote muy fino se acercó corriendo y golpeó violentamente a Lola, la tiró al suelo, Lorenzo cayó de bruces, sus hermanos se quedaron sentados llorando, Lola con sangre en la nariz. El energúmeno falangista solo gritaba insultos, le recriminaba que no hubiera levantado el brazo al paso del caudillo.

La mujer se quedó un rato en el suelo, Lorencillo se le abrazaba, se agarraba como los tiernos bebés de los primates, Diego le limpió la sangre a su madre con un pañuelo viejo, el hombre se fue gritando: “¡Puta roja, asquerosa!” Los tres se levantaron, caminaron sin parar hacia la subida de Mata, Lola miraba para atrás, temía que la siguieran, que le quitaran a los niños, Lorenzo no dejaba de llorar, casi aullaba en una rabieta incontenible.

No se detuvieron hasta llegar a las cuevas de Mata, allí se pararon, se sentaron, la sangre le seguía manando por la nariz rota, el tabique destrozado del puñetazo del fascista.

Lola solo tuvo fuerzas para abrazarlos muy fuerte, no podía decir nada. Allí se quedaron como fueguitos entre el incendio del mundo, solos, callados, gimiendo versos de tristeza, desamparados en la alborada, buscando la claridad imposible de una tarde lluviosa y perdida de abril de 1.937.

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2 comentarios:

  1. Cuanta ternura, cuanto amor pisoteado por esta gentuza fascista en Canarias y en todo el estado español. Gracias por hacer que la memoria estalle hasta vencer.

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  2. Lo más grave es que los descendientes de esos asesinos gestionan un estado criminal.

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