miércoles, 23 de mayo de 2012

Acoso moral contra ternura solidaria

Aquella noche llegó a mi casa un policía local con una notificación con acuse de recibo, donde me decían que desde el Ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria me habían abierto un expediente disciplinario. El motivo resultaba difícil de entender, simplemente alegaba la demanda que no había creado tres turnos en un taller de la Universidad Popular de la que era responsable, donde al no tener participantes suficientes me vi obligado a crear dos grupos en lugar de tres, por supuesto respetando estrictamente el horario establecido.

La surrealista acusación tenía explicación y era por la lucha en contra del lucrativo negocio sucio del Campo de Golf y los 500 chales de lujo en el espacio natural de las Charcas de San Lorenzo. Se trataba de amedrentarme, de que dejara de encabezar esa movilización en contra de la especulación y la corrupción política. El instructor designado para llevar a cabo el expediente se quedó a cuadros al ver lo que se me imputaba, por lo que a los pocos meses quedó sobreseído tras una buena campaña, donde recibí el apoyo incondicional y la solidaridad de todos los sindicatos, partidos políticos de la izquierda y numerosas organizaciones vecinales, ecologistas, etc.

Esta represalia por mis ideas traspasó fronteras y llegó a muchas partes del planeta, de donde recibimos multitud de correos y cartas solidarias.

Ahora varios años después ese buitre negro de la represión laboral planea de nuevo sobre mi vida, paradójicamente con los mismos que gobernaban en aquellos años del vergonzoso pelotazo de las Charcas. El problema para estos represores reside en que escribo en muchos sitios, que expreso mis ideas por un mundo mejor y en contra de la depredación ambiental, de las injusticias sociales, de las políticas neoliberales sobre las personas más desfavorecidas.

Aquella persecución casi olvidada llegó hoy sin esperarla a mi puesto de trabajo. Las amenazas encubiertas, la prepotencia, las malas caras de personajes que se dedican a la política y ganan miles de euros. Los intentos de humillarte y que tengas que entrar por el aro de las ordenes injustas, sin sentido y que solo tratan de degradarte como trabajador, como persona, para que se te quiten las ganas de seguir luchando por lo justo.

Unas medidas que en el fondo evidencian mucho miedo a las personas que no tenemos miedo. En casi 30 años de profesión en el terreno social y cultural he pasado por todo tipo de situaciones, he conocido políticos serios y otros que avergüenzan en su gestión a las personas honradas.

Desde aquellos años 80 en Jinámar trabajando con chiquill@s en situación de alto riesgo a los años autogestionarios de la Casa de la Juventud de Schamann, pasando por los hermosos tiempos en la UP, donde fui creciendo como persona y como trabajador de la educación popular.

Han sido más las satisfacciones que los malos momentos. Aunque siempre ha aparecido algún sinvergüenza que ha tratado de amargarme la vida, sobre todo desde una casta política que roza el patetismo, que ha querido anular mis ganas de generar procesos grupales transformadores, de invertir en esperanza y flores nuevas.

Ahora que vuelvo a vivir el sabor amargo de la persecución ideológica miro hacia atrás y no me arrepiento de casi nada, me acuerdo de cientos de personas, de jóvenes amigos que se quedaron en el camino victimas de las drogas en cualquiera de los barrios humildes donde he trabajado, de tantos proyectos acompañado de estupendos profesionales, de miles de caminatas por todas las islas descubriendo la belleza de nuestra tierra y el misterio de la madre naturaleza.

Son tantos buenos momentos en tantos años, tantos colegas que me escriben o me llaman para mostrarme su solidaridad, que la verdad no hay hueco para la tristeza y el desánimo.

La maldad no podrá jamás con las buenas intenciones.


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